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Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 8)

Francisco Silvela (1843-1905). Francisco Silvela (1843-1905).

Francisco Silvela (1843-1905).

El tren que conducía a Mencía y a sus padres hasta Madrid soltó una densa bocanada de humo blanco que envolvió el andén. Se oyó un rozar de hierros y la máquina se detuvo. El tren que conducía a Mencía y a sus padres hasta Madrid soltó una densa bocanada de humo blanco que envolvió el andén. Se oyó un rozar de hierros y la máquina se detuvo. Tomaron uno de los coches de alquiler que esperaban a los viajeros a la salida de la estación y se dirigieron al Grand Hôtel de París, en el que siempre se hospedaba el marqués. Ese mismo día y los siguientes, Mencía y su madre los pasaron visitando a amigos de la familia y de compras en las pocas tiendas de lujo que había en la capital, que entonces era una ciudad muy poco cosmopolita, ya que la gran mayoría de los comercios eran más bien modestos: almacenes de ultramarinos, mercerías, tiendas de ropa, tabernas, artesanos…Esa mañana el marqués se había citado con un diputado del parlamento y Mencía y su madre quedaron en encontrarse con él para almorzar en Lhardy. Las dos pasaron la mañana de compras. Cuando terminaron, la madre decidió que tomaran un coche de caballos que las condujera hasta el restaurante.Nada más entrar, el encargado las llevó al salón Tamberlick, el preferido del marqués.Al poco, llegó él junto con un hombre alto y grueso, de pelo rojizo. El marqués presentó a su acompañante:–Mi amigo, el diputado en Cortes, Guillermo Benito Rolland. Guillermo, te presento a mi mujer y a mi hija Mencía.Él beso la mano de la marquesa y estrechó la de Mencía.–Guillermo –siguió el marqués– es íntimo amigo de don Francisco Silvela, el Ministro de la Gobernación, y me ha pedido que le instruya sobre las sociedades secretas que han creado los anarquistas en nuestra provincia. Le conté lo que sabía y después le he rogado que nos acompañe a comer. Se acercó el encargado y el marqués preguntó:–¿Qué os apetece a vosotras? ¿Y a ti, Guillermo?–Ya lo hemos estado pensando mientras llegabas –respondió la marquesa-. Ambas tomaremos caldo de carne, lenguado al vino blanco y, de postre, éclairs.–Magnífica decisión –dijo sonriendo el diputado-. Son de las más ricas especialidades de Lhardy. Yo tomaré cocido, de primero; lengua escarlata, después; y de postre, guirlaches. El marqués seguía leyendo la carta. Al fin dijo, dejándola sobre la mesa:–También tomaré cocido; después, pavo trufado y terminaré con frutas glaseadas.La conversación discurrió sobre cosas intrascendentes de la vida en la capital. El diputado era un hombre ameno e ingenioso. Se dio cuenta de que Mencía miraba con cierto disimulo el rojo de su pelo.–Sí, señorita: pelirrojo –le dijo sonriendo.Mencía se avergonzó de que el diputado la hubiera descubierto. –No se preocupe –dijo-. Su misma curiosidad la han compartido todos a los que he tratado desde niño y estoy ya acostumbrado. Es un recordatorio permanente de mi sangre irlandesa. Los pelirrojos llamamos mucho la atención. Mucha gente nos considera una extravagancia de la naturaleza, pero yo siempre replico que los pelirrojos somos el tributo que tiene que pagar la humanidad por las pelirrojas.Se rió escandalosamente. Los demás dudaron sobre si deberían de imitarle o no. Acababan de servir el segundo plato, cuando el marqués se dirigió al diputado:–Amigo mío, quería hacerte una pregunta que es a la vez un ruego. Si alguna vez yo mismo o alguien de mi familia se sintiera acosado por esos siniestros individuos de las sociedades secretas, ¿podríamos contactar contigo para que medies ante el ministro?El diputado lo miró fijamente y respondió:–Desde luego. La Guardia Civil hace bien su trabajo, pero si tú o alguien de tu familia necesita una intervención… digamos, más expeditiva, tendré mucho gusto en pedirle al señor ministro que actúe.  La madre de Mencía había permanecido en silencio durante toda la conversación, pero no pudo evitar preguntar a su marido con gesto de honda preocupación en la cara:–Pero, querido, ¿temes que alguna de esas hermandades secretas actúe contra nosotros? Tú no explotas a tus trabajadores haciéndoles cumplir jornadas de sol a sol, con escasa comida y pagándoles un salario despreciable.–No te preocupes –respondió el marqués-. Solo trato solo de ser precavido. No creo que ninguna de esas hermandades se fije en mí, pero hay que estar siempre preparado contra esa gente. Mencía se sintió agobiada. A pesar de las palabras tranquilizadoras de su padre había descubierto un relámpago de preocupación en sus ojos. Se acordó en ese momento de su charla con aquel hombre en el tren.Se dijo que, en cuanto volviera, iría a ver a don Julián.En Madrid estuvieron casi dos meses, ya que el marqués había convocado a todos los distribuidores de su brandy en el país para tratar de las ventas y consultar con expertos comerciales sobre un nuevo licor, con sabor a naranja, que quería empezar a producir. A la vuelta, decidió parar en Valdepeñas, porque quería comprar una fábrica de alcohol para producir él mismo las holandas necesarias para elaborar el brandy.Allí estuvo tratando con dos propietarios de fábrica, pero después de diez días de negociaciones no consiguió alcanzar ningún acuerdo. “Son duros de pelar estos manchegos. Y miran la peseta más que el conde de Henestrosa”, explicaba a sus amigos, doliéndose de su fracaso. A la vuelta de Madrid, Mencía y su madre se quedaron dos semanas en Sevilla, con el fin de visitar a una hermana de la madre de la marquesa. Se encontraba muy enferma y, siendo tan mayor, la marquesa dijo que acaso sería esta la última vez que pudiera disfrutar de su compañía.Mencía estaba deseando volver, pero sentía, como su madre, mucho cariño por esa tía-abuela y no le importó demorar la llegada a casa.Volvieron tan cansados del viaje que se acostaron tras tomar como cena solo un vaso de leche templada y bizcocho. A la mañana siguiente, después de desayunar, Mencía pidió que le ensillaran su caballo diciendo que tenía la intención de dar un paseo por el Bebedero de las Tórtolas, el eucaliptal fresco y sombrío en el que buscaban refugio las aves después de agotar la abundancia de los cerros de girasol. Nada más perderse tras el primer recodo, sin embargo, se dirigió a la ciudad en dirección a casa de don Julián.Llegó antes de que comenzaran sus clases de piano, muy mermada de alumnos desde que el marqués había prohibido a su hija que acudiera y propagado por toda la ciudad que don Julián no era de fiar. A pesar del daño que sus cuentas habían sufrido como consecuencia de las insidias del marqués, recibió a su hija cordialmente. Sabía que nada tenía que ver con ellas.–Mencía, qué alegría verte por aquí –exclamó don Julián, en cuanto ella bajó del caballo.–Yo también me alegro, don Julián –respondió ella-. Ya sabe cuánto le agradezco sus enseñanzas y que siento mucho aprecio por usted.    –Y tú que ese aprecio es recíproco. ¿Qué te trae por mi casa? –Me gustaría tratar con usted de algo relacionado con mi padre.

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