HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

La aridez benéfica

17 de junio 2012 - 07:51

La desertización y la sequía inquietan hasta cierto punto a los habitantes de las zonas desérticas y, cuando vienen varios años con escasas lluvias, de las que no lo son. Los beduinos, por ejemplo, y de ahí el 'hasta cierto punto', han vivido milenios en tierras semidesérticas sin que hayan hecho nada por mejorarlas. Al contrario, criaban cabras y dejaban todo pelado. El resto de la humanidad, la inmensa mayoría, muestra una total indiferencia por el asunto. En los puros desiertos no vive casi nadie; en algunos, nadie. Una ciudad se puede construir en el desierto por razones que nada tienen que ver con la lluvia, como Las Vegas. En Lima nunca llueve y el día que lo hace, una vez cada varios años, es noticia en los periódicos. El problema de los zonas áridas, sean calurosas o frías, surge cuando la población es pobre y la pobreza la ha llevado a un escaso desarrollo de la imaginación técnica, en muchos casos porque se han acostumbrado a vivir con pocos medios y no tienen referencias directas, sentimentales, de un mundo mejor. Agua hay en todas partes, según nos dicen los geólogos, es cuestión de ahondar más o menos, encontrarla y darle el uso adecuado.

La aridez de un territorio no siempre trae consecuencias adversas. Contra lo que piensen los tortas del cambio climático, el clima griego de hoy es el mismo que el de la Grecia clásica, con mínimas diferencias. Platón habla del Ática como país pobre y sin bosques y, sin embargo, vean lo que dio de sí de altísima cultura, que es la nuestra, y de sociedad austera y digna. En Palestina tampoco ha cambiado el clima desde los tiempos bíblicos. La abundancia de leche, miel y frutos debemos entenderla como metáfora. La influencia religiosa del judaísmo en todo el mundo, a través del cristianismo y, en menor medida, del islam, es inmensa. Aquí hay que hacer una salvedad, sin ánimo de dejarnos llevar por simpatías personales: la Palestina arabizada, que no propiamente árabe, sigue siendo un erial, mientras que la israelí ha puesto en cultivo amplios espacios que hace menos de un siglo eran semidesérticos o desérticos del todo.

Observen, en cambio, lo que hayamos podido recibir de las selvas africanas y de la jungla asiática, lo contrario del desierto y la sequía, si es que hemos recibido algo. Sea lo que fuere, ha venido por los viajeros, exploradores y colonizadores herederos de la cultura griega y judía. No es que no haya habido culturas desarrolladas en las selvas americanas o en la jungla de Camboya, sino que están a años luz de Grecia e Israel. La calma y la belleza del paisaje de los zonas áridas cercanas al mar dieron el sistema de pensamiento que usamos hoy y una idea de la divinidad que, con sus precedentes, no existía. El agua lustral, las danzas pidiendo la lluvia, las rogativas en tiempo de sequía, el tiempo como tema de conversación y el enriquecimiento de la imaginación para buscar remedios, mantienen el mundo mágico vivo gracias a las arideces y las sequías.

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