La tribuna

Antonio Montero

¿Es bueno tomar vacaciones?

HAY un momento, un tiempo, para hacer cada cosa en el día? Ciertamente, ante cuestiones como ésta siempre se tiene a mano el relativo argumento del "depende". E incluso las formas y maneras con que cada uno se desenvuelve, tan hechas a la coyuntura de los días, al reclamo de la ocasión, como a los consuetudinarios modos de los años ya cumplidos. Esto es, a cómo hemos acostumbrado por ordenar, o desordenar, nuestros patrones diarios y, todavía más, los resortes de nuestra voluntad. Desde el no tardaré en volver, que acaba suspendido en el tiempo que pasa, hasta mirar el reloj con tasada disciplina. Así las cosas, los ritmos circadianos se aproximan a esto último, a un reloj, pero su cuerda es biológica, porque el tiempo se reparte alrededor de las horas del día, con una particular atención al sueño y la vigilia. Ya se habrán preguntado, con esta forma de entrar en materia, por la razón del título, y es cuestión de ir dando pistas: con las vacaciones, que suelen ser tan regladas como, por distintas razones, imposibles, no sólo se puede descuajaringar el reloj biológico sino, a la vez, hacer de las suyas el quebranto del estrés. ¿Para qué, entonces, tomar vacaciones? No hay mal -el no tenerlas- que por bien no venga -quedar libres de los estropicios del cuerpo y del alma-. Sigamos por ello, de momento, con el reloj, y después quedará algo para el estrés.

Dice la ciencia, que no tiene catecismo dogmático pero a veces abusa de certezas inestables, que una hormona, la melatonina, tiene mucho que ver con nuestra disposición para dormir cuanto y como es debido. Poco antes de las ocho de la mañana, nuestro organismo deja de secretarla y, por eso, es el mejor momento para despertarse. Del mismo modo que, sobre las nueve de la noche, ya nos propone relajarnos para predisponer poco a poco el sueño. Si bien esta hormona del sueño debe quedar bastante alterada cuando, como puede ocurrir en vacaciones, uno de los placeres cotidianos consiste en apagar el despertador para que se peguen las sábanas en la prórroga de un duermevela mañanero y delicioso. ¿Y si se trasnocha? Pues allá la hormona con su ordenada pauta, que la vigilia no sólo se prolonga, sino hasta se sobrexcita, y ya no cabe duermevela sino resacón de persianas bajadas hasta bien entrado el mediodía. ¿Y qué me dicen de la siesta? Otro disgusto de la melatonina -pobrecilla, con sus buenas intenciones- cuando no se trata de la cabezada breve que intermedia la jornada de trabajo, sino de una dormida con todos los avíos que Cela prescribió. Luego, puestos en vacaciones -forzosas, impuestas, felices, pletóricas- no conviene perder, por los excesos, el compás de los ritmos biológicos a lo largo del día. Claro que tampoco en el trabajo, cuando la adicción, ay, también atropella y descola el sueño y la vigilia.

Pero de la adicción al trabajo quizás mejor no hablar, porque por aquello mismo con lo que empezábamos, por el "depende" relativo, la adicción al trabajo es una expectativa anhelada ante la profunda angustia del desempleo. Y todavía menos aconsejable resulta mentar un síndrome característico: el estrés posvacacional. Esto es, si el reloj biológico se alteró a propósito de las vacaciones, y las rutinas y obligaciones del trabajo imponen su férrea disciplina, cabe que la ansiedad descoloque los modos y las maneras de desenvolverse. Situación que no va más allá de unos días porque es la manera natural de solventar la adaptación a los cambios. Y éstos, de las vacaciones al trabajo, lo son incluso gozosos; ya que, para malsanos, los que llevan del trabajo al desempleo. Así que pamplinas las justas con el estrés povacacional porque el trabajo, y ahora parece más justificado decirlo, es salud.

En definitiva, ¿es bueno tomar vacaciones? Seguro que más de uno sospechará aviesas intenciones con la pregunta, como si, por mor de los recortes, para sacar la cabeza de la ciénaga de la crisis, cupiera menguar las vacaciones. O puede que la pregunta esconda una intención retórica, dado que parece obvia y universalmente aceptada la conveniencia de las vacaciones como para ponerlo en duda. Pues bien, se trata, al cabo, de asumir las vacaciones con las expectativas justas y las maneras más acordes. De estas últimas ya se han apuntado claves para tener más o menos en hora el reloj biológico, sin dar pábulo a un estrés que tan sólo queda en adaptación. Más importa, empero, ajustar las expectativas para que las vacaciones no devengan en la frustración de los despropósitos. Esto es, situarse ante ellas con una extraordinaria normalidad -valga el oxímoron- para que las expectativas de eso mismo, de lo extraordinario, no sean inalcanzables y acabemos por anhelar la deliciosa y hasta afortunada normalidad de los días amarrados al trabajo.

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