Del chándal corriendo

Encontrar a mi mujer con chándal me estupefactaría, por usar un palabro tan imposible como el hecho

Yo, aunque monolítico, siempre me debato. Lo hago antes de escribir este artículo entre dos grandes máximas religiosas. Por un lado: "Si no puedes alabar, cállate", que aconsejó san Josemaría Escrivá de Balaguer; y por otro: "A todo el que te pide, dale", que ordenó Cristo. Aplicando, pues, el principio de jerarquía normativa, me dispongo a dar. Daré además a un lector fidelísimo que me dice que el artículo de la alpargata, vale, pero que hable, por favor, del chándal. Tema muy debatido en su grupo de amigos.

El chándal es una prenda excelente para salir corriendo a hablar de la tolerancia, de su función y sus límites. Porque a mí que alguien, incluso mi pedigüeño lector, si fuese el caso, gaste chándal para estar cómodo en casa o en la compra o para hacer deporte o lavar el coche, me parece de maravilla. Los fabricantes de chándales y sus vendedores tienen que vivir, y bien, preferiblemente. Jamás diría, san Josemaría me libre, nada en contra del chándal en otros.

Pero la tolerancia tiene una característica que hay que entender bien: su graduación. Chesterton, que hubiese andado cómodo en chándal pero gastaba chaqueta, lo clavó: "La imparcialidad es un nombre pomposo para la indiferencia y la indiferencia es un nombre elegante para la ignorancia". En este artículo tan pomposo, la ignorancia no lo es de la prenda en sí, que me la conozco, sino de la persona que la lleva, razón por la cual mi indiferencia alcanza esta cumbre que ahora me veis de elegancia. A medida que voy conociendo más al chandalista voy siendo más y más ordinario hasta perder por completo mi imparcialidad. Ver a mi hija con chándal cuando iba al colegio, había gimnasia y, por el Covid, no les permitían cambiarse en el vestuario ha sido un motivo más para desear que pasase rápido la pandemia, por ejemplo. Encontrarme a mi mujer con chándal me estupefactaría, por usar un palabro tan imposible como la situación.

A menudo se nos exige una tolerancia total con todos y por cualquier cosa; y hay que saber que el precio de esa actitud es la indiferencia y la ignorancia. Cuando nos importa alguien, la tolerancia se angosta. Es inversamente proporcional al amor. La tolerancia entonces se debe sustituir por el respeto, sin duda. Yo sobrellevaría un hipotético chándal de mi mujer, incluso; pero con otra actitud respecto al chándal que se puede poner usted, amable lector, cuantas veces se lo pida el cuerpo.

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