Tribuna Cofrade

Ignacio García Pomar

Rafael Navarro

SEÑALABA el almanaque  la década de  los setenta. La hermandad del Cristo de la Lanzada volvía con toda la dignidad a su templo después de haber realizado en la forma en que se ordena en sus reglas, la estación de penitencia a la Santa Iglesia Catedral. Aquel heroico cortejo con algo más de treinta nazarenos culminaba lo que fue para ellos un hito milagroso: Salir a la calle.

Cuando hoy me hablan de la crisis de los cortejos yo vuelvo la cara a la calle del recuerdo y veo a esos dignísimos nazarenos del hábito carmelitano completando el milagro de sacar la cofradía a las calles de Jerez. Los veo y me imagino que los que hablan de esa presunta crisis de hoy día , se referirán al compromiso, que no al número.  Aquellos nazarenos de la Lanzada sí, eran efectivamente pocos, pero el compromiso los envolvía en toda su túnica.

Y allí, en medio de ellos, con la vara dorada, iba como el capitán del barco que salvaba un año más su existencia, su hermano mayor, Rafael Navarro.

El cortejo se recogió y Rafael, tras haber pagado a la cuadrilla de profesionales de la época, finalmente descansaba envuelto por el tono solemne de las coplas del Cristo interpretadas en el órgano de la Basílica.

Hace un mes Rafael Navarro Nuñez hermano mayor de este milagro que se repitió varios años, tomaba el camino del Cielo con la sencillez y humildad que suscribió durante toda su vida.

En una abarrotada Santa Ana pensaba qué habría sido de su hermandad sin él .Recordaba cómo dió el impulso para que llegaran los jóvenes,abriendo las puertas y en un primer momento involucrando hasta a los amigos de sus hijos en el proyecto, para que años más tarde se constituyera un grupo joven que fue referencia en el jerez cofrade de toda una época.

En su segunda etapa de hermano mayor culminó la adquisición de la casa de hermandad desde donde hoy  se vive el día a día de estos hermanos del Jueves Santo.

Pero Rafael en la Iglesia jerezana fue más, fue mucho más. Aparte de ser un hermano mayor muy diferente a la mayoría de los que “mandaban “ en esa época  desarrolló su labor apostólica en el consejo parroquial de Santa Ana hasta que las fuerzas se lo permitieron ,siendo un bastión indiscutible en la supervivencia de esa comunidad.Tuvo una gestión importantísima en la asociación de Padres de mi colegio del Pilar y en los equipos de Nuestra Señora.

Su sentido de la justicia social y de la caridad cristiana lo transmitió allá por donde fue, y en algún momento no le tembló el pulso , cuando tomó decisiones, como aquella con la que nos recordó  que el Derecho Canónico tiene la importancia que tiene porque defiende la dignidad de los hijos de la Iglesia.

En su actividad en la vida civil jerezana desarrolló su actividad docente como profesor de matemáticas varias décadas en la Escuela de empresariales y por supuesto fue el meteorólogo de la Parra, desde donde y a falta de las páginas web de hoy día, nos daba las indicaciones requeridas para que un mal chaparrón no nos sorprendiera sin posibilidad de refugiarnos en tal o cual templo.

Siempre amable, su espíritu positivo lo acompañó siempre y hasta en los últimos años ya enfermo, seguían brillándole los ojos con esa alegría interna que no le abandonó hasta el momento de su muerte.

Quiero volver a ver con mis ojos de niño de la época la tristeza que me producía aquel pequeño cortejo, y y quiero recordar a un hermano mayor que se batió el cobre por su hermandad y por su Iglesia.

Recuerdo la figura amable de Rafael en la puerta del Carmen fumando un cigarro con su bigote de la época repartiendo su inolvidable sonrisa. La Iglesia debe poner como ejemplo a esos santos de chaqueta y corbata que como Rafael transmitieron la fe allá donde estuvieron con el ejemplo de su vida. Sería un paso grande de cara a la sociedad en que vivimos y en hacer visible   que la Iglesia somos todos.

Hoy reivindico a los hombres buenos que hemos conocido y Rafael, sin duda, era uno de ellos.

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