Opinión

fede / durán

e l colapso del sistema español

LLAMÓ la atención Rajoy no sólo por su superficialidad discursiva ("es falso") sino porque en ningún momento defendió al PP de la telaraña Bárcenas. El sábado sólo parecía preocupado por salvar su honorabilidad. Rubalcaba ha entrado al trapo en dos fases: con la boca pequeña primero y con el viejo cliché de la dimisión después. Es probable que el PSOE haya analizado cuidadosamente su exposición potencial a nuevos escándalos antes de hacer suya la indignación ciudadana. Ambos partidos y ambos líderes empatan hoy a una cosa: el elector no confía en ellos. El descrédito subsiguiente suele ser amigo de dos fenómenos diversos. Uno es la expectativa de crecimiento de los pequeños -IU y UPyD- y otro el surgimiento, sobre la misma ola, de movimientos radicales o populistas dispuestos a pescar en río descontento.

Al morir Dios, los marxistas plantearon un doble problema: el mundo necesitaba una ética secular y una escatología o sucedáneo de la salvación. En España muere poco a poco la política posfranquista, y el país necesita una nueva ética (una refundación del ejercicio del poder de raíz democrática) y una nueva salvación (la esperanza de una nación que sobreviva a la actual crisis poliédrica).

Ni PP ni PSOE parecen en condiciones de reinventarse. Desde Suárez y Calvo Sotelo, unos y otros se han repartido los cromos, reproduciendo el vicio recurrente del potentado. Su tibieza ante la corrupción es la gran prueba de su inviabilidad catártica. España necesita discutir a fondo el modo en que funcionarán las instituciones en los próximos lustros, limitando los mandatos para suavizar la tentación del pecado, exigiendo brillantez y formación a quienes decidan participar en el circo de lo público, prohibiendo las juventudes de los partidos e inoculando en los cerebros de todos -votados y votantes- la exigencia de servicio al bien común que debe presidir siempre la política.

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