EL SEXTANTE DEL COMANDANTE

El conquistador sin conquistas

Álvar Núñez Cabeza de Vaca

Se cumplen, y se celebran, 450 años de la llegada de los españoles a la Florida, honrando esta efeméride en la figura del heroico soldado y marino Pedro Menéndez de Avilés, que fuera Adelantado de este trozo de lo que hoy es territorio de los Estados Unidos. Sin embargo, antes de ese 1565 que ahora se celebra, el jerezano Álvar Núñez Cabeza de Vaca ya exploró esas tierras formando parte de la expedición de Pánfilo de Narváez, y como el asturiano, Cabeza de Vaca representa a esa pléyade de marinos y exploradores de escaso éxito, esa mayoría silenciosa y silenciada de descubridores sin descubrimientos, hombres que en su mayoría murieron en la indigencia y con escaso reconocimiento.

Nacido en Jerez hacia 1490, Álvar Núñez era nieto de Pedro de Vera, conquistador y primer gobernador de la isla de Gran Canaria. Huérfano desde los 8 años, pasó al cuidado de una tía de la que recibió una educación esmerada. De carácter inquieto y aventurero, con 16 años se alistó en los tercios de Italia a las órdenes del Gran Capitán. Regresó a España y participó en la guerra de los Comuneros y en 1521 se casó, pasando a ocupar un puesto de cierta relevancia al servicio de los Duques de Medina Sidonia en Sanlúcar. Allí vio pasar muchas de las expediciones de conquista a las Américas, hasta que en 1527 se alistó como tesorero mayor en la de Pánfilo de Narváez junto a otros setecientos hombres que intentaban la conquista de la desconocida Florida. La expedición pasó varias semanas en Santo Domingo, donde entre epidemias y deserciones el componente humano quedó reducido a la mitad. Cuando al fin se aprestaron a zarpar, una tormenta dispersó y hundió los barcos, y los pocos supervivientes que pudieron conservar la vida, entre ellos nuestro protagonista, fueron esclavizados por una tribu de indios en la actual Tampa. Durante seis años trabajó al servicio del chamán de la tribu, del que aprendió a curar a base de remedios naturales. Desesperado por su situación, escapó hacia el oeste, pensando que en aquella dirección podría encontrarse con Cortés en México. Fue un viaje épico en el que durante dos años recorrió de este a oeste los actuales Estados Unidos hasta dar con un grupo de españoles que lo saludaron con cierta solemnidad. Para su sorpresa, la fama de curandero infalible que se había creado entre las tribus indias de los territorios que había ido atravesando le había precedido, y terminó por asentarse cuando curó al hijo de un poderoso jefe apache. Ganada la voluntad de los nativos, hizo varias exploraciones en busca de una ruta para alcanzar la Nueva España de Cortés. Tras deambular durante largo tiempo por la extensa zona que hoy es la frontera entre México y Estados Unidos, llegó al río Bravo y siguiendo su curso encontró y convivió con tribus que se dedicaban a la caza del bisonte. Como cobraba sus servicios en oro y piedras preciosas se hizo inmensamente rico, lo que le sirvió para alimentar entre la población española el mito de El Dorado, y también para contratar a un escribiente que pasó a acompañarle dejando constancia literaria de los principales actos de su vida. En mayo de 1536, nueve años después de su salida de España, llegó a Ciudad de México, donde fue recibido con todos los honores por el virrey Antonio de Mendoza y por el propio Hernán Cortés.

Rico y famoso regresó a España, donde fue llamado a audiencia por el rey que lo nombró Adelantado del Río de la Plata, cuyos nativos indómitos no se dejaban gobernar. Álvar gastó sus riquezas en armar una expedición en Cádiz con la que presentarse en su gobernación, pero un temporal hundió sus barcos en Brasil en 1540. Ayudado por indios guaraníes cruzó la selva y llevó a cabo otro periplo épico de dos años en el que descubrió las cataratas de Iguazú, que describió como «un río que da un salto por unas peñas muy altas para dar en el agua tan grande golpe que de muy lejos se oye; y la espuma del agua, como cae con tanta fuerza, sube en alto dos lanzas y más»... Finalmente consiguió presentarse en Asunción, sede de la gobernación del Río de la Plata. Allí no tardó en entrar en conflicto con los capitanes españoles debido al trato que daban a los indios. Como quiera que los indígenas terminaron por rebelarse contra los españoles, el vice gobernador, Domingo Martínez de Irala, lo acusó de connivencia con estos, por lo que fue enviado a España cargado de grilletes, acusado de levantar a las tribus indias en contra de los españoles.

En 1545 fue procesado en Sevilla, depuesto de todos sus cargos y condenado al pago de diez mil ducados y a pasar ocho años encarcelado en Orán. A pesar de que peleó durante años con el propósito de ver restablecido su honor terminó dando con sus cansados huesos en el penal del norte de África, donde se le pierde la pista, aunque sabemos que su salud quedó bastante maltrecha. Anciano y pobre, parece que pudo regresar a Sevilla en 1555 para morir en la capital hispalense cuatro años después; durante este tiempo es posible que tomara los hábitos de alguna orden religiosa encerrándose en el silencio de un monasterio hasta el final de sus días, si bien, en palabras del Inca Garcilaso: "Murió en Valladolid, apelando al Consejo de Indias, con el propósito de ver restablecido su honor y sus bienes que le fueron confiscados cuando fue apresado en Asunción". La lápida de la tumba de tan glorioso explorador se conserva en el Convento de Santa Isabel de la Calle Encarnación de Valladolid.

Nos queda el maravilloso relato de su vida publicado en forma autobiográfica hace más de cuatrocientos años y que con el título de "Naufragios" muestra la crudeza real de la vida de los conquistadores de la época, que no todos fueron gente exitosa y rica, ni mucho menos, sanguinaria.

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