Su propio afán
Enrique García-Máiquez
Unipartido
LA dimisión del presidente del Barcelona, inculpado en la presunta compra fraudulenta del jugador Neymar, pone una vez más evidencia la escasa moralidad que exhiben los dirigentes futbolísticos nacionales. España es campeona del mundo y de Europa, pero la organización de este deporte no se libra de la crisis institucional que vive el país. Al revés, es un perfecto espejo en el que se reflejan algunos pecados capitales de la sociedad española.
Por ejemplo, constructores sin escrúpulos que compraban clubes para enriquecerse a su costa y hacerse publicidad; como Jesús Gil, condenado por la Audiencia Nacional por no haber desembolsado realmente el dinero con el que compró la mayoría de las acciones del Atlético de Madrid. Quien, además, utilizó el club como plataforma para saltar a la política con un discurso populista, que le sirvió de cortina de humo para el expolio de la ciudad de Marbella. Hay casos similares por toda la geografía nacional, con variantes sobre la fórmula: porque no venían de la construcción, financiaban a políticos sin entrar directamente en política o compraban periódicos para completar su círculo de influencia y poder.
Manuel Ruiz de Lopera, el dueño del Betis, fue condenado por delito fiscal y ahora está imputado en un delito societario continuado. Gil no actuó solo en Marbella; en alguna de las actuaciones de su familia en la Costa del Sol participó un abogado que resultaba ser presidente del Sevilla. Del Nido ha sido condenado a siete años de cárcel por el Tribunal Supremo y ahora anda buscando firmas para pedir un indulto, como otros condenados por corrupción política, como el ex presidente balear Matas. (O como el torero Ortega Cano, sentenciado por un homicidio imprudente).
Hay un patrón que une a estos personajes, que es la soberbia y un cierto sentimiento de impunidad. La soberbia llevó a Lopera a vetar la presencia del presidente andaluz en una final de la Copa del Rey. O al presidente del Barça Joan Laporta a insultar al presidente extremeño, reconocido culé. El caso Laporta es otra muestra de populista pasado a la política, primero diputado en el Parlament y luego concejal del Ayuntamiento de Barcelona. Afán de protagonismo, plataforma de poder, vehículo para los negocios… para todo eso sirve el fútbol. Tanto que hace de efecto llamada para que un jeque árabe se plante en Málaga y use al equipo de fútbol de excusa o reclamo para sus negocios.
La dimisión de Rosell es el episodio más reciente, pero no será el último. El fútbol está entre los mejores ingredientes de la Marca España por sus éxitos deportivos, pero también retrata buena parte de las miserias nacionales. El resultado aparente es una mezcla de corrupción, populismo y fanatismo, que son los principales riesgos del conjunto de la sociedad española en el inmediato futuro. Un feo perfil.
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