Crónicas levantiscas
Juan M. Marqués Perales
La paradoja de Montejaque
Cualquiera que haya tenido que pisar un juzgado en estos últimos tiempos habrá podido comprobar que han cambiado las sedes judiciales y los nombres de los tribunales formando un considerable desconcierto. Si es para bien, para mal o para lo de siempre (aparentar que se quiere mejorar algo que no se quiere mejorar realmente y en lo que no se invierte), el tiempo lo dirá. De momento tiene loquitos a los guardias civiles de la puerta a quienes todos preguntan hacia dónde hay que dirigirse en este juego de la gallinita ciega. La reubicación no ha gustado a la mayoría y algunos andan pensando cómo compatibilizar una boda civil con el esposado que conducido va a celebrar su juicio. Por qué hay que atender en un aparcamiento a los menores que vienen a declarar para tener un poco de reserva con su abogado. Por qué a unos les sobra espacio y otros andan como piojos en costura. Por qué unas salas de vistas se han quedado diminutas para su finalidad. Nada de esto importa a quienes han diseñado el nuevo sistema.
Quienes vivimos de cerca los males de la Justicia, parece mentira, no sabemos reclamar con sentido y oportunidad. Somos más de la queja que ya sabemos que sólo trae descrédito. Del desahogo entre bromas. Somos soberbios y sometidos a las instituciones políticas a un tiempo. Estamos desunidos y algunos politizados. Somos una cuchara de palo perfeccionada en casa del herrero. Andamos muchas veces desorientados, atentos al ruido, pendientes del foco, pero no de la fuente de los problemas. Queremos ser independientes sin incomodar y eso es muy difícil. Quizás por eso, pasamos de creernos que resolvemos los problemas del mundo a sentirnos la bolita de los trileros que sólo ven en la Justicia un poder al que someter.
Le pido a usted, ciudadano, que cuando vaya al juzgado y no le atiendan o no tenga ni dónde esperar, proteste y lo deje por escrito. La Justicia es un servicio que se tiene derecho a recibir de una manera digna. Piense que los funcionarios y los que se ponen la toga, con o sin puñetas, no son los causantes sino los sufridores del sistema. Como los médicos no lo son de la Sanidad ni los maquinistas de la red ferroviaria. Son los maltratados no los maltratadores. Si a pesar de todo el mundo gira y usted consigue celebrar su juicio y obtener satisfacción es gracias al sobreesfuerzo, dignidad y criterio de quienes aún quieren hacer las cosas bien. Suyo es el mérito.
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