Jerez íntimo
Marco Antonio Velo
Jerez, 31 de diciembre de 1946: Argudo, García-Figueras y Montenegro
UNA profesora de un instituto de la capital malagueña me contaba que, hace unos días, le dio por hacer un comentario sobre una canción de los Beatles en una clase de tercero de ESO y, para su estupor, nadie en el aula sabía quiénes eran los Beatles. "¿No os dice nada este nombre, no es suena, no recordáis haberlo escuchado en casa, ni en la televisión?". El movimiento unánime de cabezas fue contundente: no. Eso sí, la profesora me apuntó que, al día siguiente, acudió a clase una alumna que no había podido asistir esa jornada y que, cuando supo lo ocurrido, miró a sus compañeros con los ojos abiertos como platos y un gesto de pasmado asombro: "¿De verdad no sabéis quiénes son los Beatles?". A menudo la esperanza, y esto lo saben bien nuestros docentes, es un calvo con un solo pelo al que hay que agarrarse con toda la fe del mundo. Hablamos de chavales de catorce años, algunos quince, que viven en un barrio propio de la clase media, con acceso a todos los estímulos y fuentes que ofrece una gran ciudad y, por lo general, buenos estudiantes, con un rendimiento académico más que aceptable y una calificación media elevada; es decir, gente con el talento suficiente para tomar el relevo dentro de poco y tirar del carro con, digamos, suficiente confianza. Gente que no sabe quiénes son los Beatles.
Uno escucha estas cosas y tiene la inevitable sensación de haberse caído de un guindo. La idea de que en este mundo se puede prosperar sin, no ya escuchar a los Beatles de vez en cuando, ni siquiera recordar una canción de Lennon y McCartney, sino directamente ignorar que hubo una vez un grupo de rock que se llamaba así, resulta, cuanto menos, terrorífica. Pero tal vez se podrían extraer dos conclusiones. La primera es que la deriva tecnocrática de la educación ha logrado en gran parte su propósito: hacer del mundo un lugar extraño en las aulas. La prioridad concedida al saber instrumental y competitivo ha desahuciado para siempre cualquier atisbo de gaya ciencia, el conocimiento que convierte en personas a los que quieren ser tales. Tenemos ya, me temo, a toda una generación que, más allá de los índices de fracaso escolar y de los informes PISA, puede tener las destrezas para incorporarse al mercado laboral pero carece, en términos generales (y por tanto injustos) de la inquietud suficiente para, como quería Goethe, vivir por espacio de tres mil años.
La segunda es que la era de la información ha servido hasta ahora, ante todo, para que cada cual crea que su mundo es el mundo. Y lo lleve así a gala. Habrá que apuntarse sin más remedio al pelo de la esperanza.
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