La ciudad y los días

carlos / colón

¡Qué no haya más guerras!

ENÉRGICA llamada del papa Francisco: "¡Qué no haya más guerras! La guerra sólo produce más guerras y la violencia, más violencia. Todavía tengo en el corazón y en la mente las terribles imágenes de los pasados días. ¡Existe un juicio de Dios y de la historia del que no se puede huir!". Sigue el Papa la tradición bíblica y evangélica de rechazo de toda violencia, condena de los verdugos, compasión por las víctimas e invocación a la justicia de Dios. Invocar el juicio de Dios supone, derrotando algunas teologías light y posmodernas, pedir que su ira castigue a los culpables.

Que ante el horror de una guerra civil en la que se han usado armas químicas -ya se verá si unos, otros o los dos- y ante la posibilidad de un conflicto internacional este Papa apele el juicio de Dios, precisamente este Papa que ha elegido el nombre del santo de Asís y ha conquistado al mundo por su talante sencillo, bondadoso y dialogante, es algo importante para poner las cosas en su sitio. Y este sitio no es otro que el del Dios de los salmos: "Señor, escucha mis palabras, atiende a mis gemidos, haz caso de mis gritos de auxilio, Rey mío y Dios mío... Tú no eres un Dios que ame la maldad… Al hombre sanguinario y traicionero lo aborrece el Señor… Castígalos, oh Dios…".

La posibilidad de una justicia que castigara a los asesinos y rehabilitara a las víctimas hacía que el agnóstico Horkheimer deseara la existencia de Dios, para que el horror no sea la última palabra y el verdugo no triunfe definitivamente sobre su víctima. Desde el punto de vista judeocristiano cada vida humana es única y por lo tanto no hay justicia humana que pueda reparar su destrucción. En este mundo, y según sus leyes, el horror y la muerte tienen la última palabra. El juicio de Nuremberg, juzgando y ahorcando a los culpables, no pudo resucitar a los seis millones de judíos exterminados por los nazis. Es lo necesario que la víctima sea rehabilitada (resucitada) y que su verdugo sea castigado con una pena que la muerte no extinga (infierno). ¿Anticuado? ¿Un retorno al Dios vengativo? No. Palabra de un Dios que es lento a la ira, pero no la ignora. Y anhelo del hombre cuyo corazón, como escribió Horkheimer, contiene "el inextinguible impulso, sostenido contra la realidad, de que ésta debe cambiar, para que se rompa la maldición y se abra paso a la justicia". Oportuna apelación del Papa a esa justicia que es también ira de Dios.

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