Jerez: Pepe Andrades, in memoriam (I)

José Andrades Borrego, a la izquierda, ya está en el cielo con su Señor de la Vía-Crucis.
José Andrades Borrego, a la izquierda, ya está en el cielo con su Señor de la Vía-Crucis. / Pepe Soto

30 de enero 2026 - 06:06

En sus entrañas habitaba el don de la empatía propositiva. Incapacitado para el egoísmo. Era -en cantidades industriales- un dechado de autenticidad. Sin aposturas, sin imposturas, sin postureo. Su existencia aumentaba -como un evangélico efecto multiplicador- directamente proporcional al servicio para con los demás. La soportable -e inmarchitable- levedad del ser… en el otro. Sencillo de condición. Cariñoso, afectivo y afectuoso: ¡se daba tanto a querer! ¿Verdad que sí, Cecilia Mateos Atalaya? Risueño a las duras y a las maduras. Hermano de tuétano y Fe. El cireneo andante que jamás figuró encima del paso de Nuestro Padre Jesús de la Vía-Crucis. Bueno, como un pan bendito. Humilde, como la sandalia del pescador. Discreto, como una plegaria apenas musitada. Sonante, como el último verso de un soneto. Al Señor -Divino Nazareno Franciscano- por las personas. Sin decir oxte ni moxte ni una palabra más alta que otra ni sacar los pies del tiesto, se preocupaba de veras -silentemente, como una parábola de final abierto- por los demás. Quien esto escribe y asimismo suscribe -léase: el arriba firmante- podría completar -a solas y por largo- varias páginas periodísticas -e incluso galeradas- de este ‘Jerez íntimo’ -que a menudo hace las veces de crónica social de la ciudad- dedicado ahora monográficamente a la memoria -ya imborrable- de José Andrades Borrego. ¿Qué tuvimos nosotros -todos cuantos te conocimos-, querido Pepe, que al más puro estilo Lope de Vega, nuestra amistad procuraste?

Indistintamente iré espigando, por suelto, algunos recuerdos -retazos que cuentan con la credibilidad de la experiencia propia- y descripciones cuya geometría sentimental opere por aproximación. Sin embargo he considerado oportuno ampliar y amplificar el retrato de quien fuese -a no dudarlo ni una milésima de segundo- ejemplar cofrade de las Cinco Llagas… con la opinión, con el parecer, con los entrecomillados, con la expresión de cuatro muy destacados hermanos de esta seráfica corporación de la Madrugada Santa. Todos ellos, a semejanza de Pepe Andrades y herederos de su impronta, son miembros veteranos de espíritu joven, hacedores de labor callada, portadores de humildad sin aspavientos, seguidores de camino y vida de san Francisco de Asís y por descontado cofrades que convivieron muy mucho con quien, jazmines de vigilia en sus manos de fumador por despacio y de antiguo operario de la fábrica de tapones, hoy se ha empadronado allí donde el dolor no existe y el tiempo carece de medida. Consigno -y resaltó con letras negritas- los nombres y apellidos de quienes ceden su voz y su emoción de mecida corta y al pie: Jorge Jesús de la Vía-Crucis Perez Ponce, Rosario Macarena Lupión Villar -‘Chari’-, Diego Parra García e Isidoro García Carrasco.

Como nota bene -y anticipado aviso a navegantes- proclamo que esta necrológica cuenta de antemano con varias entregas -a tal señor, tal honor-. Procuraré no obstante atenerme a la mayor brevedad (¿imposible?) y a la máxima economía verbal (¿improbable?). En aras de la síntesis narrativa. Porque tan sintética como efectiva -y pragmática- fue la personalidad de Pepe. En él… menos siempre fue más. He aquí la primera pregunta que a todos por igual -¡a ésta es!- formulo: ¿Cuáles son los primeros recuerdos -o al menos los más lejanos- que vuestra memoria conserva de Pepe Andrades? Jorge: “Desde que tengo uso de razón recuerdo a Pepe. Desde chiquitín. Tanto en la Hermandad como fuera de la misma. Cuando Pepe ingresó en nuestra Hermandad yo tendría tres o cuatro añitos. Y ya luego toda la vida. Hay que tener en cuenta que en la Hermandad había tres matrimonios que a su vez eran amigos íntimos. Hablo de Pepe Andrades y Mari (María de los Ángeles López Zamudio), Fernando Morales y Loli Vicenti y mis padres (Pepe Pérez Raposo y Caridad Ponce). Inseparables los seis, se llevaban muy bien y todos los fines de semana hacían lo que hoy conocemos como ‘quedadas’. Alternándose en los domicilios de cada cual, para convivir juntos y tomar algo, y también para salir a cenar en algún bar o restaurante o, por ejemplo, las maravillosas jornadas en la playa. La relación de ellos formaba parte de mi niñez. Por tanto, Pepe Andrades me consideraba de su familia y a mí, claro está, me sucedía lo mismo con él”.

Diego: “En la sacristía, con su esposa Mari de esa sonrisa la cual no podríamos olvidar jamás y que era, junto a Caridad, la mujer del difunto Pepe Raposo, la alegría de aquella sacristía”. Chari: “Aterricé por la Hermandad con unos 14 años, hace ya más de 45 (me acabo de dar cuenta que soy mayor). Estaba estudiando auxiliar de clínica en las Esclavas y la casa de hermandad está casi frente al colegio. Salíamos a las cinco, pero le decía a mi madre que teníamos trabajo en grupo y nos quedábamos más tiempo. En realidad lo que hacía era ir a limpiar plata con Pepe Andrades. Era mi cómplice (junto a Mari, Pepe Raposo, Cari, mi hermano Juan). Pepe me daba una bata blanca para no ensuciarme el uniforme del colegio. Entonces para limpiar se hacía una mezcla de tiza y alcohol”. Isidoro: “Hace 49 años que lo conocí. Mis primeros recuerdos sobre él rondan el año 1978. Coincido con Pepe en la Hermandad y me entero de que vivía en la Barriada de las Viñas, en calle Viñadores 4, domicilio que coincidía con el de mi mejor amigo y compañero de trabajo Carlos Sánchez Quirós, hermano de Benjamín, quien fuera comercial de Diario de Jerez. Por entonces Pepe era trabajador de la Fábrica de Botellas y yo administrativo del Banco Atlántico”.

stats