El jerezano Eugenio Vega Toro cumple hoy 97 años

Eugenio Vega Toro, en una foto para el recuerdo, sostiene en brazos a su hijo primogénito.
Eugenio Vega Toro, en una foto para el recuerdo, sostiene en brazos a su hijo primogénito.

Jerez, 22 de septiembre 2023 - 03:30

Jerez sustanciaba entonces el blancor de amaneceres bruñidos por la sencillez de sus gentes. La alegría del vecindario era una cristalización de cuanto casi cien años más tarde se denominaría con un vocablo en boga: resiliencia. La economía no era boyante. Pero tampoco la carestía restaba índices de belleza a la escenografía costumbrista de cada jornada del Señor. Precisamente tal día como hoy, 22 de septiembre, un llanto de bebé emergió de pronto de los hondones del júbilo familiar. 22 de septiembre de año de Gracia de 1926. Una criatura de Dios había llegado al mundo como en una eclosión de vitalidad y dulzura. Sus ojitos, vivarachos, parecían almendrar de signos celestes los espacios circundantes. Sucedió en el rincón privilegiado de una orografía que los jerezanos conocían al dedillo. Hablamos de la elegancia secuencial del barrio de la Albarizuela, donde estaban descritas las pisadas nazarenas de una cofradía que mucho sabe de coronas de espinas. De vino peleón. De tertulias que ni el mismísimo Sócrates. Enseguida la noticia corrió como la pólvora por las casas aledañas. Por las tuberías de los secretos a voces. Por los tendederos de la ropa seca y golondrinas blanquinegras, como las túnicas de las tardes de incienso de cada Domingo de Ramos.

El bebé tomó mando en plaza, entre las caricias y arrumacos de su mamá. Sonrosada redondez de mofletes para maternales manos de biberones. Estaba la criatura predestinada para el esfuerzo personal. Y para el reparto ilimitado de amor entre los suyos. Eugenio llevaría por nombre. Eugenio Vega Toro, para más señas y servir a usted y su compaña. Hoy cumple 97 años. Su vida, fecunda, podría titularse con un mensaje lacónico pero todopoderoso: lección moral que sirve de luz a sus herederos. Lección moral, por descontado, y asimismo legado ético. ¡Qué gozo encontrar personas de tan intachable comportamiento! ¡Qué privilegio para sus hijos y nietos probar a diario la canela pura en rama de este espejo de bondad y sabiduría humana! Eugenio, mediano de nueve hermanos. Sólo él sobrevive. Hombre curtido a sí mismo, hecho a sí mismo, veteado de sí mismo: vistiéndose por los pies sin atisbos de egoísmo o deslealtad. Fue educado en el honor y en el respeto. En la pugnaz esperanza de un mundo mejor, como obrero de un código de valores sobre el que labora impertérritamente. En la lucha tan cotidiana como callada. Huyendo de hueros protagonismos y de avidez de fotografías egocéntricas. Jamás hizo mal a nadie. Ni inconsciente ni aposta. No se le conoce una ofensa de palabra u obra. Mantuvo encendido el candelero del amor entre sus congéneres.

Criado en las marismas de Trebujena y Lebrija, sigue guardando en su corazón -como María en la obra de José María Pemán- el caudal de la bondad por bandera. Y también la nítida imagen -con precisión fotográfica- de su infancia y adolescencia en el Cortijo Casablanca, del que su padre fue encargado. Allí comprobó de primera mano el trabajo ímprobo del jornalero de entonces: de sol a sol, buscando el sustento de finca en finca, rebañando el aliento de toda oportunidad. Pudo conocer además la postal natural de las últimas gañanías de nuestra campiña -empapadas a decir verdad de dolorosas carencias y demasiadas dificultades existenciales-. Pero Eugenio, agradecido tal bien nacido, disfrutaba de cuán poco tuvo. Exprimía, con sonrisa de luna andaluza, los escasos instantes de ocio que le permitía -a qué negarlo- su humilde subsistencia. No ha olvidado episodios de esa execrable Guerra Civil de retaguardia que se vivió en nuestra zona. Y, por ende, el durísimo calvario de la postguerra. En el propio seno familiar -yuxtaposiciones sociológicas de la época- conoció los desgarros dialécticos de las dos Españas. De las Españas que dolía a Unamuno y de las Españas que inquietan a los hermanos Machado. Guarda memoria de aquellos familiares que cruzaron los Pirineos para no volver nunca más.

Sobrino del recordado Bartolo Toro: de modo que formó parte de esa amplia familia originaria de Espera, con comerciantes y terratenientes entre sus miembros, y emparentó con los Salas y los Trujillo (primos suyos fueron Bartolo y Manolo Toro, o Antonio y José Salas), algunos tan a todas luces implicados en el devenir de la Hermandad de la Amargura -aunque Eugenio nunca fue cofrade ni cercano a la Iglesia-. Noble de condición: su familia paterna era originaria de Humilladero, así como laboriosos braceros, que les llevó a emigrar a Málaga y Sevilla. Por su parte, Eugenio Vega regresa -como hijo pródigo- a su Jerez natal para instalarse definitivamente en el barrio que le vio nacer, donde se casó y fue padre de una familia de cuatro hijos. Amén su naturaleza de cariñosísimo abuelo.

Batalló lo indecible, a brazo partido, doblando heroicamente el espinazo, por dar a sus hijos una vida mejor que la propia, y proporcionarles la libertad que otorga la mejor formación académica y el esfuerzo responsable. Digamos sin rodeos que es taurino y futbolero (más lo primero que lo segundo): vinculado a la Peña de Juan Antonio Romero, y fiel aficionado del Jerez Industrial desde hace más de sesenta años, junto a sus suegros, su esposa e hijos y nietos; vivió intensamente los buenos tiempos y los no tan buenos de los años 60, 70 y 80, acompañando en no pocas ocasiones a su amado equipo blanquiazul por los estadios nacionales y regionales. De hecho, su familia suma hoy cuatro generaciones de incombustibles industrialistas que les dio carácter. ¡Ay, qué tendrá ese equipo de las rayitas blancas y azules que nuestra amistad procura!

Incansable trabajador ajeno a la queja. Fiel a unos bien asentados ideales de justicia social y apego a las causas perdidas. Forma parte, sí, de la generación que peleó por instaurar el hoy mal llamado Régimen del 78. Eugenio Vega Toro cree en la fortaleza y la trascendencia de una sociedad democrática. Y así ha participado en todas las convocatorias electorales tal obligación sagrada, desde que se instaurara nuestro Estado de Derecho -ausentándose tan solo a la pasada última convocatoria del 23 de julio al sufrir una gravísima convalecencia hospitalaria (única de toda su larga existencia)-. ¡Muchas felicidades, don Eugenio Vega Toro! ¡Usted sí que vale! ¡Reciba esta columna -periodística- como un homenaje de todos cuantos, aun sin conocerle, ya permanecen en pie iniciando la más atronadora ovación! Aplauso para un ser bueno como el pan, para un jerezano crecido con el sudor de su frente, para un humilde ejemplar. Para un padrazo. Para un gigante.

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