Bordón y tinta nueva

Santiago Moreno

El pastor y el pequeño sheriff

MI padre lo recuerda como D. Antonio a pesar de que siempre fue un humilde pastor que no alcanzó a salir de la provincia ni a juntar nunca más de cinco duros. Un honorable título que le otorgó por el empeño que puso el anciano en enseñarle a leer.

Unas noches le señalaba con el dedo los renglones que leía al resto de cabreros al amparo de una hoguera; otras veces le obligaba a escribir en viejas cuartillas que sacaba de su zurrón... Y todo por el ansia que tenía mi padre -un crío en aquellos oscuros años cuarenta- de devorar los pequeños libros de vaqueros de Lafuente Estefanía que traían del pueblo cada mes. Historias repletas de lejanos ríos, hombres duros y extensos desiertos que lograban apaciguar el hambre que asolaban aquellas largas y tristes noches de posguerra. Historietas de contrabandistas, de duelos... que se quedaban en simples anécdotas cuando las comparaba con los días en los que no tenía nada que echarse a la boca o con aquellos crueles años de dictadura y silencio.

Gracias a D. Antonio viajó a China con Marco Polo, supo el nombre de muchos de los ríos de la inabarcable América y comprendió que el Sol, aunque lo parezca, no se movía en los cielos.

Gracias al viejo pastor mi padre consiguió abandonar el campo con los pocos conocimientos que tuvo sobre la construcción y que había adquirido, lentamente, entre las hojas de un gastado y sucio manual de albañilería.

No se cansa de decirme que aprender a leer le cambió la vida y que si hubiera tenido la oportunidad habría seguido estudiando...

Siempre que terminamos hablando de ello me reconoce, con cariño, que si no hubiera sido por D. Antonio todo habría sido diferente: la vida hubiera sido igual de aburrida que la de aquellos barberos de sus novelas que vivían en las entrañas de algún inhóspito desierto.

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