Pepe Marín

Entre la poesía de Ríos Ruiz y el cante de 'El Chato de la Isla'

PARECE que fue ayer pero han pasado y van a pasar 25 años del alumbramiento de dos libros en los que la poesía y la prosa celebran sus bodas de plata en este 2020. El dedicado a la poesía se presentó en Jerez el 19 de mayo y el de prosa el 7 de agosto en San Fernando, ambos en 1995, por lo que ambos conmemoran los 25 años de sus respectivas existencias.

El primero de los libros citados, “La poesía andaluza de Manuel Ríos Ruiz” inauguraba la “Colección Metáfora” del Taller “El Búcaro, S.L.” en edición patrocinada por Caja San Fernando, entidad que así mismo fue anfitriona de su presentación el referido 19 de mayo en su salón de actos de calle Larga, 56. Por cuanto al segundo ejemplar referido, titulado “El Chato de la Isla, entre la vida y el cante”, su presentación tuvo por marco un local de tanta enjundia flamenca como “Venta Vargas II”, en San Fernando, el ya citado 7 de agosto.

Eugenio Cobo se expresa así en el volumen del poeta jerezano: “La poesía de Manuel Ríos Ruiz promueve los aspectos mágicos y fantásticos de la realidad, desplegando una sorprendente riqueza verbal que se apoya en un continuo énfasis. Su palabra torrencial, multicolor, incontenible, nos conduce a la fascinación y el vértigo del lenguaje”. Francisca Aguirre por su parte le define como “poeta implacable del lenguaje, de poeta andaluz; de poeta jerezano-andaluz.

Y es el propio poeta el que se define así mismo: “Soy andaluz. Miradme por la frente este juego de luna con arena, la carne que condeno y me condena este perfil de paz inexistente. Andaluz de la hiel hasta la mente. Andaluz el aljibe de mi pena. Llevo un rito rotundo en cada vena que el corazón contiene dulcemente”. Incluso después de todo lo expuesto –una mínima parte de lo mucho y bueno que nos ha legado el inmenso poeta jerezano, con sus “Honores a la guitarra”, la “Oda a la copla popular”, el “Ayer y hoy del cante flamenco”, “De cante y cantaores de Jerez”, el “Diccionario Enciclopédico Ilustrado del Flamenco” –en colaboración con José Blas Vega- o su eterno homenaje a Manuel Torre, rompiendo moldes se sale del tiesto –porque quiere y porque puede- y en su libro “Juratorio”, Premio José Hierro 1990, nos ofrece entre otros poemas el titulado “Juramento y conjuro por los Credos de Marilyn”, un emotivo poema que me sirvió, tras su lectura, para poner término a la presentación del libro “Poesía andaluza de Ríos Ruiz”.

“Profesionalmente no he sabido hacer en esta vida otra cosa que no sea cantar. Y cantando he conseguido algo que para mí es lo importante: ganarme el pan y con el afán de Juana, mi mujer, sustentar una casa de familia con diez hijos”.

A modo de presentación, dicho texto lo firma José Llerena Ramos “El Chato de la Isla” en su libro “El Chato de la Isla, entre la vida y el cante”, escrito con mucho respeto y cariño hacia el protagonista por Salvador Aleu Zuazo, un gran amigo isleño, aficionado entre la afición isleña más purista y que tuve el placer de presentar, como queda reflejado el día 7 de agosto de 1995 en el local Venta de Vargas II, -la hermana siamesa de aquella otra en la que “El Chato de la Isla” y otros cantaores de entonces se buscaban la “vía”, en la Real Isla de León (San Fernando)- y, cuyo prólogo corrió a cargo del compañero Manuel Martín Martín.

El libro firmado por Salvador Aleu en connivencia con el protagonista –quien por cierto fue gran amigo de Fernando Terremoto hasta el extremo de que el jerezano apadrinó, junto a la “Contraecha”, a Encarnación, una de las hijas de “El Chato”-, está impregnado de un hálito de sencillez, de naturalidad, de frescura, cuya lectura es de obligado cumplimiento no sólo para los isleños, para la afición en general ya que, a través de sus páginas podemos empaparnos de un pedazo de historia flamenca de quienes como “El Chato”, Camarón, Juan Villar, Rancapino y otros, iban de la Isla a Cádiz y viceversa en los tranvías cantando por la voluntad de los usuarios; más o menos como hoy podemos contemplar por el centro de Jerez a más de un aficionado en torno a la mesa ocupada generalmente por turistas –éste 2020 desgraciadamente ni eso-, a fin de recuperar algún euro –en aquellos años pesetas-, que les permita llevar algo de comer a su casa. A veces para otras necesidades ajenas a las del hogar.

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