Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

Un respeto a las estaciones

Imploremos a los supermercados que nos eviten el lineal navideño desde septiembre

Es preocupante, o sólo un signo del paso del tiempo, del tuyo, que uno comience a argumentar con la expresión "ya no se respeta ni…". Mas no reneguemos de lo vivido: hay quien no llegó todo lejos que le correspondía, y siempre será joven, pero sólo en la memoria de otros. En fin, quién dijo miedo, lo diré: ya no se respetan ni las estaciones. No me refiero a las de ferrocarril, que bien mirado tampoco se respetan: la alta velocidad ha ido convirtiendo muchas estaciones en patrimonio histórico, o bien en lugares fantasmagóricos con jaramagos donde hubo ventanillas y viajeros en el andén. Casi sólo hay estaciones término: principio y final. Y los trenes van a toda pastilla entre una y otra. Metafórico, ¿que no? Fue la mercadotecnia asociada al turismo la que comenzó a luchar contra las estaciones del año, o sea y en el argot que le es propio, a desestacionalizar, a intentar limitar los altos y bajos en la demanda. A hacer de Mallorca algo más allá que un abrevadero de sol, playa y mollate en verano, intentando crear una oferta fuera de temporada que limite los picos y los deprimentes vacíos que causa la falta ocupación de una gran capacidad hotelera (recuerden El resplandor, sin ánimo de exagerar). Los agricultores, en su consustancial queja por el tiempo, siguen sujetos a la estacionalidad: con el clima topó el marketing.

Hay un fenómeno de desestacionalización más novedoso, que quizá ustedes hayan notado en este verano ya algo otoñal: ¿cuántos bares y cafeterías de playa han visto que ofrezcan desde junio lotería de Navidad?, ¿han reparado en eso? Es un exceso comprensible por la necesidad o la oportunidad de vender cuando hay más paisanaje y éste es más rumboso al estar de vacaciones. Pero más bien produce un estrés que acorta un tiempo que cada año se nos muestra más indistinto. Alguien dijo que lo que más rápido pasa son los años. Y encima te invocan el polvorón y el rosco de vino -qué engollipe da pensarlo en pleno agosto-cuando uno va con su panamá y canillas al aire. Qué ganas de no parar. Hay un trasunto de esto más cotidiano e igualmente contradictorio y estresante: deseamos que acabe la semana laboral, que pasen los días. Lo cual se contradice con el natural deseo de querer tener una larga vida. Anhelamos que llegue el próximo puente y las próximas vacaciones. Para comprar un décimo del Gordo cuando lo propio es el gazpacho fresquito, y no el consomé con oloroso. En esta misma línea, imploro a los supermercados que nos eviten las peladillas al lado de la caja ya desde septiembre.

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