Por montera

Mariló Montero

Dos rombos

LA primera vez que le vi me dio tanto miedo que me escondí entre mis cuatro carnes, que era lo que tenía más a mano y lo que me proporcionaba mayor seguridad. El lugar de la ciudad en la que me encontraba había perdido de manera súbita, como cuando llega un negruzco nubarrón, todo su encanto y seguridad. La tradicionales calles empedradas de una ciudad hermosa y el ambiente alegre de Navidad que discurría por la plaza y sus aledaños se trasfiguró de repente en un tétrico callejero, tal vez el más peligroso de la ciudad. A pesar de estar rodeada por cierto gentío tenía la sensación de que entre ellos corría peligro. Así que traté de tragarme a mí misma. Introduje mi halo en mi propio cuerpo y me escondí en él como los soldados en la trinchera. Desde la trasera de mis ojos y por los huecos que para ellos deja el cráneo pude divisar algunas figuras a pesar de la oscuridad en la calle. Había unas espaldas oscuras con ropajes gruesos por el frío de un duro invierno y menos colores que en Irán. Si todos estaban de espaldas a mí concluí que era porque daban la cara a algo que les atraía. Sobre algunos hombros colgaban unos diminutos pies con abarcas de cuero y piernas abrigadas por gruesos calcetines de lana pegados a cuerpos de niños empuñando una makila y ataviados con pañuelos de hierbas, gerrikos y txapelas con un escudo bordado de Euskal Herria.

Por los túneles que el cuerpo tiene para los oídos me entraba un ruido extraño, no era música, ni villancicos que al menos las láminas del recuerdo reconocieran. Los gritos de algún padre que jaleaba a su hijo orientaron mis ojos hacia donde estaba el protagonista de semejante comunión ciudadana. En lo alto de un tablón de madera se erguía una especie de hombre feo, grueso, desarrapado, manchado de carbón, de buen comer y borrachín. Quienes lo ensalzan lo definen también como un "hombre sin inteligencia". El pobre estaba tan arrugado por las sacudidas de los porteros que lo agitaban que daba más pena que gloria verlo. Y me hizo sentir miedo por su cara inexpresiva, mirada violenta, ropas pobres y su cuerpo vacío de paja. De él se dice que es un puerco barrigudo que sólo una vez al año abandona sus montañas para visitar el pueblo durante la Nochebuena. Un cabezón que, según pude observar, pocas sonrisas desata entre los rostros inocentes de los niños.

En aquella incómoda experiencia evité por todos los medios que ese muñeco de trapo encontrara mis ojos por no compartir ni uno de sus deseos. Algo de razón tenía mi sexto sentido cuando, este año, han encontrado a un Olentzero rodeado de fotografías de etarras y el Ayuntamiento de Pamplona lo llevará ante la Audiencia Nacional acusado de apología del terrorismo. Yo busco que mis ojos salten de sus órbitas en busca de la mirada de quienes me traigan ilusión y compartan mis deseos de Paz. Por eso yo escribo mis deseos a quienes llevan siglos tratando de que los consigamos. "Queridos Reyes Magos…".

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