Jerez íntimo
Marco Antonio Velo
Jerez, 31 de diciembre de 1946: Argudo, García-Figueras y Montenegro
A Ismael Jordi Oliva
Como todos los martes, el pasado 5 de marzo, asistí en la Academia al semanal acto público en el que se celebraba el ingreso del tenor jerezano Ismael Jordi Oliva. A lo largo de su intervención pasaba por mi mente la obra de Mauricio Maeterlinck que da título a este trabajo.
Previamente, en su presentación, se hizo un estudio riguroso de la evolución del Bel Canto donde se expuso la sombra que creyó cernirse sobre este noble arte con la desaparición de los castrati, y desde Manuel García en el siglo XIX, el profesor Juan Luis Pérez García, nos hizo una semblanza de María Callas, Pavarotti, Plácido Domingo, sin olvidar al malogrado Miguel Fleta.
Yo nunca había tenido la cercanía de Ismael Jordi como la que nos ofreció en esta tarde catártica en la que puso en su boca no solo su portentosa voz sino también la sencillez de su alma.
Nos fue exponiendo las 'Aptitudes para el Bel Canto' con una sinceridad auténticamente didáctica, ofreciéndonos puntuales secretos del inicio de su carrera artística, con una confidencialidad muy de agradecer, y con un riquísimo anecdotario. Todo un deleite para los que reconocemos su extraordinaria trayectoria canora.
Nos dijo que para ser artista era necesaria, en primer lugar, la intuición musical. Es algo congénito. Algo que no se puede estudiar, a lo que se une la autocrítica, conocer los errores y también las limitaciones del cantante, porque si no es así se pierde la naturalidad.
De otra parte es necesaria la memoria. Pero nos explicó que esta era una memoria musical, de tal manera que el artista que se ve obligado a conocer para su repertorio operístico diversas lenguas (italiano, alemán, ruso) puede que aún no hablando correctamente estos idiomas sobre el escenario tiene una comunicación, para ser perfectamente entendida, gracias a dicha memoria musical.
Para mí fue auténticamente revelador cuando nos dijo que la fundamental aptitud del Bel Canto era la humildad. Aquí nos trajo la figura de su maestro Alfredo Kraus, y fue abriendo cada vez más la empatía con los asistentes al acto de su ingreso académico.
Comprendí que no se trataba sólo de la bondad invisible, ni la vida profunda, ni la belleza interna, era más bien recurrir al silencio para desde él conocer el despertar del alma del artista. El alma es superior a lo que puede saberse de ella y más sabia que todas las obras que de ella parten.
Hay un paso humano intermedio entre el creador y su obra, ya nos lo explicó Kretschmer y para ello es necesaria una "sentimentalización". A la que Ismael Jordi nos hace llegar desde la humildad.
Por eso el martes , en la Academia, me di cuenta de que el nuevo ingreso era para nosotros una auténtico tesoro. El tesoro de los humildes.
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