Con las tripas

Muchos países están tocados moralmente desde la crisis económica y aún no se han repuesto de sus secuelas

La gente ha perdido el miedo a hacerse daño votando, miedo a lo que pueda venir. Se ha vuelto todo más visceral y el voto se ha radicalizado. Hace unos años, no tantos, era impensable que existieran partidos como Podemos o Vox y, menos aún, que fuera necesario un partido de centro que siempre surgen en los momentos de radicalización e incertidumbre. Muchos países están tocados moralmente desde la crisis económica y aun no se han repuesto de sus secuelas y efectos.

La política actual tiene mucho que ver con las consecuencias que la crisis ha tenido para los ciudadanos de a pie. Nos hemos vuelto desconfiados con los gobernantes, con las leyes, con las instituciones, con Europa, con todo aquello que tiene poder porque la mayoría no se siente protegido. Sabemos que, si llega otro temporal económico, que ya muchos vaticinan, volverán a rescatarse a los bancos y los pobres tendrán que meterse de nuevo en casa de sus ancianos padres. El Estado de Derecho y la democracia actual, han creado muchos escépticos convencidos de que la protección no está en el gobierno sino en su propia familia por modesta que esta sea. Por eso no se vota con la razón sino con las tripas. De las tripas de América ha salido Trump y de las tripas de Italia Salvini, de las de Inglaterra acaba de salir Johnson. Nosotros tenemos simplemente una digestión tan pesada que no podemos ni formar gobierno.

Si la incertidumbre política sólo fuera en España una estaría bastante más tranquila porque los españoles sabemos llevarnos mal de toda la vida de Dios. Ya tenemos formado callo en eso de dividirnos y hacernos daño. Sobre cualquier cuestión importante o anecdótica saldrán partidarios acérrimos y furibundos detractores. Lo llevamos dentro como las folklóricas el cante.

El caso digo, es que la incertidumbre política, el enfrentamiento sistemático no se da sólo en España, aunque en España tenga unas particularidades que nos llevan a la dramatización absoluta de cualquier cuestión y al frentismo sistemático. Los ingleses tienen un lío pardo con el 'Brexit' y los franceses a los chalecos amarillos que han logrado acumular a todos los rebeldes con y sin causa en unas algaradas callejeras que asustan y no vaticinan nada bueno.

La vieja Europa está perdida porque sólo recuperando sus cimientos morales podrá salvarse de tanta amenaza incluida su propia autodestrucción. La queja enfrenta y divide. Hay que construir. Difícil.

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