Tribuna

Juan Andrés Caballero Gil

Profesor de Educación Infantil

El mejor colegio de Jerez

Ya ha empezado el plazo de matriculaciones y los colegios han desplegado toda su creatividad para promocionarse: carteles, vídeos corporativos, jornadas de puertas abiertas online, visitas con cita previa por las tardes… La baja natalidad del 2018 ha provocado que muchos centros teman no poder llenar sus aulas de Educación Infantil el próximo curso y para evitarlo hay que darse a conocer.

Algunas familias tienen ciertas dudas a la hora de elegir el centro educativo. Otras, en cambio, lo tienen clarísimo. Y es que parece que muchos de los que no se han mudado de barrio deciden optar por matricular a sus hijos en el colegio donde estudiaron durante su infancia. Ese colegio en el que entraron llorando con tres años porque no sabían adónde iban y salieron también llorando al graduarse porque, por mucho que con el pavo renegaran de su cole, en el fondo, sentían que marchándose dejaban algo atrás.

Algunos cuando vuelven a entrar por las puertas después de tantos años tienen la sensación de que el patio ya no les parece tan grande como cuando eran pequeños, pero eso no les importa. La grandeza de un colegio no se mide por el tamaño de sus patios, sino por todo lo que han aprendido y compartido en ellos. Y es que fue precisamente en esos patios de colegio donde aprendimos a contar jugando a los bolindres, donde cada partido de fútbol se vivía como la final de la Champions, donde nos enteramos de que se podía ser solidario comiéndote un bocadillo de chorizo y un zumo por trescientas pesetas… Fue en ese mismo colegio donde crecimos, donde aprendimos a leer y a escribir, donde descubrimos cómo funcionaba el mundo a través del Conocimiento del Medio, donde hablamos Inglés y luego Francés… y también fue donde jugamos, donde saltamos, donde nos caímos, donde nos reímos, donde nos enamoramos por primera vez… En definitiva, fue el colegio donde pasamos muchas muchas mañanas entre pupitres y libros; entre compañeros y profesores. Allí se nos fue gran parte de nuestra vida, pero no fue en balde, pues aprendimos a ser más humanos; aprendimos a ser personas.

Y ahora, que volvemos sobre nuestros pasos, nos damos cuenta de que ya no hay rayuelas pintadas en el suelo, los niños no coleccionan tazos y no saben ni lo que es un diábolo. En las clases han quitado las pizarras verdes. Aquellas viejas pizarras que quizás no fueran interactivas, pero al menos, solo hacían daño en los ojos si te los tocabas con los dedos manchados del polvo de la tiza. Además, algunas aulas han cambiado de sitio. Se han creado otras nuevas… Pero nada de eso importa cuando te cruzas con un profe de los que te dieron clase. Uno de esos que han dibujado en sus rostros las patas de gallo a fuerza de dedicar a tantos alumnos tantas sonrisas… Un profe de esos que te miraba el primer día y, como se solía decir, ya te tenía “calao”. Y no digo que lo hiciera para reprenderte, que también, sino para ayudarte a crecer en estatura y sabiduría. No voy a decir que aquellos profesores eran perfectos porque estaría mintiendo, pero sí puedo decir que los defectos de unos se complementaban con las virtudes de otros. Y gracias a ellos, pudimos terminar el colegio con lo necesario para continuar con nuestra labor académica y profesional.

Para nosotros, los profesores, no hay mejor piropo ni reconocimiento que ver a esos padres que, generación tras generación, siguen confiando en nuestro centro para dejarnos su mayor tesoro: sus hijos. Para ellos, la escuela de cuando eran chicos, es el mejor colegio de Jerez, y he de reconocer, que para nosotros, modestia a parte, también lo es.

Juan Andrés Caballero Gil es profesor de Educación Infantil en el Colegio Madre de Dios y de Didáctica de la ERE en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas Asidonense (ISCRA).

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