Semana Santa

Quebranto y majestad

EPISÓDICAMENTE los entuertos de la tristeza -sus vaguadas y abrevaderos- provocan estados de fracaso demasiado beneficiadores para la expresividad de la hondura del alma. Es la lírica finisecular de un diafragma que también aflamenca la doctrina de otro cante posibilista y mesiánico. La saeta o la entreguerra de las batallas de los quebrantos interiorizados. Cuando el silencio -el abrupto silencio que chorrea lágrimas de cera- acampa en derredor de una cofradía de rigurosa penitencia (esa concomitante capacitación de la simetría de ojos anónimos) surge entonces de las entretelas del sentimiento (nunca gregario) un volcán de verdad hecho rosarios de seguiriyas. Si Angelita Yruela leyera estos parágrafos, pronto apagaría el micrófono de las ondas radiofónicas con tal de alzar la mano derecha a ninguna parte, afinar la garganta de un credo insomne con letrilla por martinete y entornar cuasi religiosamente la retina a tierra de nadie para ni siquiera mirar de reojo a Quien Todo lo Ve. La saeta o la homonimia de un balcón que besa los labios de plata del varal que ya suspira y anticipa y pronostica la declaración de amor del cantaor.

Cualquier rinconada ahora inerte de la memoria. El pelo ensortijado de lo racial mancomuna el quebranto y la majestad. Se entrevé la silueta de un gitano capaz de entonar los indomeñables guarismos de nuestros punzantes ancestros. Ya no surgen partos innobles de los rebordes del frío de esta madrugada de febles descreencias. El artista -que avanza cadente- es José Vargas Vargas. Lleva un aura de acumulativos acopios: la fe enraizada del duende cuya pedagogía jamás ofrece ninguna condescendencia a los versículos de la mediocridad. Todo en él es gigantesco tronío, climaterio de octosílabos a modo del machadiano cantar del pueblo andaluz. Opulenta expresividad de una garganta de fuego y letanía.

La calle -cualquier calle de cualquier itinerario de cualquier cofradía- centrifuga entonces los sudores del acabóse. José Vargas maximiza la mudez del lamento en voltios de auténtico fedatario. Serpentea el brazo casi al compás de la mecida corta del paso de la Virgen y Jerez dedica a las alturas del quejío un ole largo y acérrimo como surgido de los tácitos adentros de la muchedumbre. Un ole comunal y uterino. Un ole que brota casi a quemarropa de los hondones de la natural mismidad. La saeta o la venerable y a la vez vulnerable segmentación del disgusto adobado de plegaría.

José Vargas Vargas, el Mono, utiliza un lenguaje color azafrán. Propende a la dicción abrupta de la llantina con factura verbalista, a la quebradura del yo, a la tribulación frente al martirio ajeno. Saeta no como estrambote, no como declaración reductio ad adsurdum, no como banalidad de conjunciones en refriega. José Vargas Vargas o la irrequieta desesperación de la libertad o el concilio del arrepentimiento o la proclama de la sencillez filial o la supuración de una llaga secreta…

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