Sombras chinescas | Crítica Un país arrasado

  • Acantilado publica el segundo de los libros de la gran trilogía en la que Simon Leys denunció la ceguera de los "turiferarios" del maoísmo frente a los horrores de la Revolución Cultural

Simon Leys (Bruselas, 1935-Canberra, 2014), seudónimo de Pierre Ryckmans. Simon Leys (Bruselas, 1935-Canberra, 2014), seudónimo de Pierre Ryckmans.

Simon Leys (Bruselas, 1935-Canberra, 2014), seudónimo de Pierre Ryckmans.

La reconocida calidad de la obra ensayística de Simon Leys, un prosista de fino humor y erudición exquisita, se ha visto engrandecida con el paso del tiempo por la lucidez con la que abordó, mientras decenas de intelectuales cedían en Occidente a la seducción del maoísmo, el verdadero rostro de la tiranía en el inmenso país asiático. El gran sinólogo belga había descubierto la cultura china en su primera juventud, durante un viaje a mediados de los cincuenta, y ya a finales de esa década estudió la lengua, el arte y la literatura en Taiwan y Hong Kong. Al contrario que muchos de los indocumentados que asumían la propaganda revolucionaria sin cuestionar las fuentes oficiales ni saber nada de la sociedad milenaria sobre la que se había proyectado el cruel y desastroso experimento de ingeniería perpetrado por las autoridades comunistas, Leys conocía de primera mano no sólo la cultura, sino los crímenes y los incontables desafueros cometidos por los sicarios del Gran Timonel, una figura odiosa a la que buena parte de la prensa europea –y muy en particular la parisina, dominada por los mandarines amigos del despotismo– elogiaba como un gran benefactor de la humanidad.

En Leys, afirma Revel, se mezclan la clarividencia y el saber con la indignación y la sátira

Fruto del malestar que le provocaba la lectura ignorante o interesada del trágico periodo de la Revolución Cultural, una catástrofe sobre la que los corresponsales no informaban, salvo para difundir la falsa retahíla de logros dictada por el poder que estaba aniquilando a millones de conciudadanos supuestamente aburguesados, la trilogía de Leys sobre la China sometida a una implacable burocracia, dividida en facciones con directrices cambiantes pero igualmente destructivas, se inició con Los trajes nuevos del presidente Mao (1971), al que siguieron Sombras chinescas (1974) e Imágenes rotas (1976). Publicada por Acantilado en una nueva traducción de José Ramón Monreal, esta segunda entrega se acompaña del prólogo que Jean-François Revel antepuso a la segunda edición del libro, aparecida poco después de sus ensayos La tentación totalitaria y La nueva censura. En Leys, afirma con razón Revel, se mezclan la clarividencia y el saber con la indignación y la sátira, siendo esto último, la demoledora ironía con la que desenmascara las falsedades del relato épico y la desidia de los "escribas a sueldo", el principal motivo por el que su afilada prosa resulta a la vez certera y regocijante.

Las humillaciones públicas formaban parte del siniestro ritual del periodo. Las humillaciones públicas formaban parte del siniestro ritual del periodo.

Las humillaciones públicas formaban parte del siniestro ritual del periodo.

La imagen exterior de la China Popular, dice Leys, forjada por los visitantes o los residentes extranjeros, no es más que "un teatro de sombras escenificado para ellos por las autoridades maoístas". Basado en su experiencia como agregado en la embajada belga de Pekín, unida a su conocimiento de primera mano sobre la realidad del país sometido, el libro comienza con un capítulo, espléndido, sobre el modo en que viven y escriben esos extranjeros confinados por el gobierno, sistemáticamente apartados de la "China viva y sufriente" con la que no se les permite –ellos tampoco parecen desearlo, entregados a una "adulación servil" que debe de repugnar a los propios anfitriones– trabar contacto en ningún momento. Toda la simpatía de Leys se vuelca hacia el pueblo cuyo patrimonio cultural, como la misma ciudad de Pekín, ha sido literalmente arrasado, pues el furor de los gobernantes se dirige también hacia el pasado cuyos vestigios estorban el glorioso esplendor del presente revolucionario. El vano espejismo queda de manifiesto a través de los dirigentes desconcertados por la imprevisible deriva de las purgas, los "filósofos de servicio", los burócratas, los protagonistas de la menguada vida cultural y universitaria, los ideólogos que diseñan –en la neolengua que distingue a los estados totalitarios– consignas cada vez más huecas e intrincadas. No sin melancolía, a propósito de una de las raras novedades en las librerías desiertas, un Vademécum del criador de cerdos, Leys concluye: "En la China Popular, no todo el mundo tiene la suerte de ser porquero".

Los jóvenes 'Guardias rojos' fueron usados como vanguardia proletaria. Los jóvenes 'Guardias rojos' fueron usados como vanguardia proletaria.

Los jóvenes 'Guardias rojos' fueron usados como vanguardia proletaria.

El talento del cronista ha superado la inmediatez para erigirse en ejemplo perdurable

Como era previsible, los libros de Leys sobre la Revolución Cultural fueron recibidos con hostilidad y escándalo entre los integrantes de la izquierda exquisita, que sentía debilidad por la imaginería de los guardias rojos e interpretaba su irrupción como un fenómeno espontáneo de regeneración purificadora. Es poco probable que quienes los leyeran, sin embargo, no sintieran algo parecido a un escalofrío ante una crónica tan precisa y detallada del alcance de la impostura, en la que los comparsas occidentales aparecen como lo que eran, marionetas en manos de un supervillano sin escrúpulos. El talento narrativo de Leys, su maravillosa ligereza a la hora de tratar cuestiones tan graves, ha superado la inmediatez de los hechos para erigirse en ejemplo perdurable, también en lo formal, del modo en que un observador sin prejuicios debe abstraerse de las ideas dominantes para evitar sumarse al coro de los sumisos.

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