Feria de Jerez

Cuéntame cómo te ha ido

  • Un día cualquiera en la Feria de los sesenta La caseta del 'Pum, pum', el fino 'Mantecoso', la mujer sin cuerpo, el 'Látigo', la Tómbola de la Caridad, el Bombero Torero y sus enanos...

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Los años sesenta son años decisivos para nuestra feria. En 1966, Miguel Primo de Rivera y Urquijo estrena la Feria del Caballo, el Estado instituye el premio Caballo de Oro y fue también en esa década cuando, sobre el albero, se echa el primer germen de lo que luego sería la Real Escuela Ecuestre. Hay más cosas, sin duda, pero el espacio aprieta.

Por eso, hoy proponemos una rapidísima vuelta atrás a esa modesta feria de los sesenta, la del alumbrado con bombillas pintadas, nada comparable a la actual, pero que demuestra una forma distinta de diversión a la de hoy día. Allá vamos: De miércoles a domingo se prolongaban aquellas ferias. ¿Día grande? El domingo. Siempre el domingo. Al contrario de ahora. El domingo acudía más público y la corrida de toros traía a grandes figuras. Abría el ciclo taurino El Bombero Torero y sus enanos o El Platanito el miércoles hasta alcanzar su colofón en la corrida del domingo. Mañanas de escasa asistencia, con barullo en las casetas más nobles. Uno podía encontrarse a Pepe 'El Escocés', con su inseparable falda, que no se perdía una feria y al que Antonio Burgos le bautizó cariñosamente como Johnny Walker of the Ballantines. Hay enganches y jinetes mezclados con automóviles sobre el pavimento, que no albero. Y pueden verse también interminables familias con la prole y, junto a ellas, 'señoritas' inglesas que también se atreven con los volantes. Valentín Ayala ha hablado ya con el 'de los pinchitos' y le ha dicho que le extrañaba que ya no quedara vivo un gato por la zona.

Las noches eran bulliciosas y movidas. Porque aquella feria se vivía al caer la tarde y por la noche. Hay dos casetas de rompe y rasga: Se llamaron las del 'Pum, pum', de los oficiales de Artillería, y la del Casino Jerezano. Otra, 'La Cuñera', también militar, gozó de cierto éxito gracias a su orquestilla. El 'Pum, pum' se llenaba a rebosar. Había interminables colas a sus puertas pero había que aguzar el ingenio para entrar sin invitación. El secreto del 'Pum, pum' era la Orquesta de música y baile de Antoñín Rosado, que amenizaba las noches de la juventud con sus bailes. Lo de tener una orquesta era ya signo de éxito. Y es que las sevillanas quedaban para el mediodía y, sobre todo, para las más jovencitas. Y el flamenco se reservaba para las casetas más modestas, levantadas junto a la feria de ganado.

Había, cómo no, cierta jerarquía: La grandes bodegas ya disponían de caseta propia y otra, más sencilla, para sus empleados. 'Casino Lebrero', la Yeguada Militar,Casino Nacional y otro racimo de casetas fijas dominaban el real. Luego, el espacio se lo repartían los colectivos y las peñas, que fueron legión: 'El Disco Rojo', 'Amigos de Karcomedo', con Miguel Ruiz siempre allí, como esperando, la peña 'Los Lagartos', donde se reunían 'el Guti' con la familia Daza o los Mata, esos que contribuyeron a levantar las antiguas pedanías... La peña 'Los Máscaras', 'Los Cernícalos', de 1969, todas ellas de mampostería.

Otra caseta con éxito fue la de la Tómbola Jerezana de la Caridad, que comandaba el padre Luis Bellido y que contaba con voluntarias que vendían papeletas al precio de una peseta y que tenía un premio 'estrella': Una Vespa de la época.De mampostería no eran, sin embargo, las que llamaban 'casetas de los mayetos', más modestas, hechas de brezo o palmera. Allí se hacían los tratos, que se sellaban con el 'vino de medio tapón', porque la necesidad abundaba. La Feria estaba llena de 'medias' de fino 'Mantecoso', de CZ Rivero, o del 'Inocente' de Valdespino, porque catar un 'Tío Pepe' o un 'La Ina' no era cosa alcanzable a todo bolsillo del personal, que frecuentaba también bares como los de 'La Tomatera', La Lebrijana, famosa por sus guisos de cordero, los tipo cabaret de 'La Pañoleta' o 'La Previsión Andaluza', la de la Venta Maribal, 'Lozano' o el 'Bar Román', de Manolo Román, antiguo hermano mayor de La Yedra. Los padres tomaban media 'manguara' (botella) y lo que cayese de fino, mientras las mujeres y niños se echaban al gaznate unas gaseosas de Bustillo o de Merino, portando en sus cajas de zapatos la comida con sus filetes empanados, pimientos, el tinto con sifón o la cerveza.

Contaba Antonio Mariscal que asistió una vez, jovencito todavía, a la alegre llegada de la gitanería a la caseta de 'Currita La Mahora'. Era 1958. Venían eufóricos de la plaza de toros, donde el paisano Rafael de Paula acababa de triunfar por todo lo alto en su debú en Jerez. Currita era una gitana de pura cepa, con gran mano para los guisos, que tuvo tres hijos: uno que vendía cupones; el otro se llamaba Juan de Dios y tuvo una hembra a la que le puso Gertrudis. Currita hizo lo que nadie había hecho antes en Feria. Con ayuda del farmacéutico Onofre Lorente Roldán, tradujo la carta de precios de la caseta al caló y logró que una casa de vinos la imprimiera, cosa entonces harto difícil.

Más cosas: Vayamos rápidamente y sin coger resuello a la zona de los 'cacharritos': Ahí dominan los cochesquechocan, o 'El Látigo', aunque le restan tirón atracciones como La mujer sin cuerpo, El faquir, La mujer enana o los Espejos deformes. Es el mórbido encanto de exhibir la deformidad, la enfermedad. También está en auge el espectáculo del teatro chino de Manolita Chen. Y en La Noria siempre suena un ñic-ñic sospechoso de un gozne metálico que no conoce la grasa; unas motos retan a la inercia en un enorme tubo de madera y un cutre rulo se encarga de dar con los huesos a todo atrevido que por él pase.

Visto lo visto... ¿es que no se trata este año de la 'feria del tapperware'?

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