Viernes de Feria

Con albero en los zapatos

  • La mañana del viernes pasa sin pena ni gloria, y sólo al atardecer comienza a llenarse el Real. A las dos de la tarde había casetas vacías y camareros apoyados en las barandillas

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Suenan las últimas sevillanas. Sí, es cierto, aún queda hoy sábado y el domingo, pero el jerezano cuando dice adiós al viernes ya es como si le faltara algo. Es lo que tiene una semana que revoluciona hasta al que no le gusta el vino, ni al que tiene arte para coger la manzana, morder la manzana y tirar la manzana al compás de los Marismeños. Es lo que tiene levantarse aún con albero en los pies, olor a fino en la camisa y los ganchillos de la flor enredados en el pelo. Nuestra Feria, esa Feria del Caballo que llena páginas de este periódico y permite que los demás medios miren a Jerez por una fiesta y no por una protesta, se va despidiendo.

Y se va despidiendo anunciando desde el viernes la crónica no de una muerte, pero sí de una agonía. No fue normal que en uno de los días grandes se viera el albero y los coches de caballos circularan por el Real 'matando' el tiempo y no con guapas mujeres y elegantes caballeros sobre sus carruajes. ¿Dónde quedaron esos mediodías donde caminar era casi misión imposible y pedir un rebujito un proyecto de final de carrera? Fue raro, raro, raro que a las dos de la tarde hubieran caseteros apoyados en las barandillas esperando poner la freidora porque en sus mesas no había ni un alma. Al menos, ayer yo no vi esos grandes grupos de amigos y familias que en masa llenaban casetas y casetas, sin parar de bailar, levantando la copa y brindando porque la tostada si se cae, no caerá con la mantequilla en el suelo (la Ley de Murphy aquí no existe). Porque en el Real se levanta el brazo por todo y por nada. Por lo bueno y por lo malo. Por lo importante y por lo más nimio.

En el González Hontoria no tiene cabida el pesimismo. Aquí, si te roban el móvil -que parece que hay mucha mano larga este año pisando el albero- se espera a que llegue el lunes de resaca para ir a Comisaría. Muchos de los que han sufrido estos hurtos habrán pensado: '¿Yo ahora tengo que irme de aquí, con lo bien que lo estoy pasando, para poner una denuncia? Quillo, ompare, mejor voy a dar parte el lunes, que ya es laborable'. Vamos que si se habrá pensado...

Inevitable por tanto reflexionar por este misterioso vacío en el Real. ¿El calor? ¿La crisis? ¿La playa? ¿Los precios? Respuesta para todos y para todo. Está el que prefiere aprovechar el día a la orilla del mar y acercarse ya a la fresquita al Real con un moreno la de bonito. El que por desgracia no tiene dinero ni para poner el pan en su casa y se tapa los ojos para no ver el alumbrado. El que se lleva bocatas y sólo consume la bebida para bajar el migajón. Y el que por el contrario, y con la nómina aún calentita en la cuenta, prefiere 'morir' por su Feria aunque después tenga que alimentarse de sopa de sobre.

Pero hay otro. Otro 'modelo' de feriante que le echa cara al asunto de manera pasmosa. Como dirían unos amigos, hubo un 'importante despliegue' de expertos en la carrera del gañoteo. Esos que no ves en siglos pero en la Feria son tus amigos de toda la vida y venden su alma al mejor postor por una catavino para pasearse por el Real.

El sentimiento del feriante es tan grande, que hasta los pelos de punta se le ponen a algunos con sólo escuchar yo iba de peregrina y me cogiste de la mano,/ me preguntaste el nombre, me subiste a caballo,/ fuimos contando las flores que salen nuevas en mayo,/ y me di cuenta enseguida que estabas enamorado. Es lo que tiene la Feria. Que estás sentado comiendo (en el mejor de los casos) una tortilla recién hecha y al dejar el tenedor las manos se ponen solas al compás de la sevillana. Sin olvidar los pies, que taconean en la tercera aunque estés sentada en una de esas sillas cuya estabilidad se pone en entredicho en algunas casetas.

Azules rejas, mi alma, azules rejas / azules rejas/ entre cortinas verdes/ ole morena y ole/ entre cortinas verdes, mi alma / azules rejas. Corrían las horas del viernes y parecía que el Real tomaba cuerpo pasadas las cinco, o las seis, o las siete. Vamos, cuando el sol decidió que su jornada había terminado.

Las pocas flamencas que paseaban por el albero eran casi como especies en extinción en plena selva. Y las chaquetas de los señores se quedaron en el armario, sacando del cajón los fresquitos polos de manga corta. Aquí la cuestión es ir adecuado, pero cómodo. Por eso los vertiginosos tacones de algunas chicas cortaban la respiración hasta a la que iba con manoletinas. Hay que tener cuerpo y estómago para pisar el Real con hasta diez centímetros de tacón. Eso sí, esbeltas sí se veían a las muchachas.

Al que dicen que también se vio por el González Hontoria fue al mismísimo presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, disfrutando de los pimientos fritos y de los chocos como cualquier hijo de vecino. Otro 'personaje' que no me dijeron, sino que lo vi con mis propios ojos, fue a un Mario Conde enchaquetado entrando por la puerta principal de la Feria dispuesto a abrir la cartera en la fiesta más colorida del año. Y lo vi con estos ojos que un día después sufren los efectos de un albero en malísimas condiciones.

Del 'famoseo' a lo más tierno. Los pequeños de la casa fueron continuamente fotografiados por sus familiares. Junto a un caballo. Subido a un carruaje. En la mesa junto al plato de jamón. Primeros planos con sus madres. Normal. Un padre con una cámara cuando su hija está vestida de gitana es como la miel para los osos. Irremediable no comérsela (en este caso a besos). Ay, que te como y te como, / que ay, que te voy a comer...

Así que entre Algo se muere en el alma y me casé con un enano, salerito, pa jartarme de reír/ ole ahí ese tío que va ahí, ole ahí, vamos entonando las últimas estrofas de la presente edición de la Feria del Caballo. Esta noche será la penúltima vez que se encenderá el Real y muchos comenzarán a tachar del calendario los días que faltan para el año que viene. Es lo que tiene Jerez.

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