Fronteras en el aire: cuando el flamenco mira al Mediterráneo
El espectáculo del Nuevo Ballet Español ha lanzado un mensaje de amor por la dignidad humana y la tolerancia, con un gran cuerpo de baile y la hipnótica voz de Alana Sinkëy
La frontera entre Europa y África en Cádiz es poseedora de un imaginario muy particular. Por un lado, esa imagen idílica de playa, la que está presente en los veranos de tantas infancias gaditanas, la de las postales y las fotos de Instagram. La de la chavalería tirándose del puente, los bebés dando sus primeros chapoteos, las mujeres de La Caleta jugando al bingo. El chiringuito, los días de levante, los primeros amores adolescentes. Ya conocemos esas historias. Por otro lado, ese mismo mar es testigo cada día de una realidad paralela muy distinta: la de las muchas vidas que se agolpan en los bosques marroquíes cercanos a Ceuta o Melilla esperando a cruzar las aguas del Estrecho. Las playas del Tarajal, el monte Gurugú. Los campamentos de migrantes en los que cientos de personas esperan su turno para alcanzar una vida mejor.
En Jerez, muy cerca del corazón geográfico de estas travesías migratorias, Ángel Rojas y su compañía Nuevo Ballet Español han presentado Fronteras en el aire. No me gusta decir aquello de que un espectáculo sea necesario, porque a su manera todos lo son, algunos más para el propio arte, otros para el artista, otros para el público. Pero este espectáculo y sin que sirva de precedente, lo describiré como necesario, porque en los tiempos que corren, es urgente darle cuerpo, voz y aliento a esta tragedia que tan de cerca nos toca. En los días en los que el ICE está arrestando a menores inocentes en Estados Unidos o que el eterno conflicto en Sudán del Sur registra más de 450.000 muertes y millones de desplazados y refugiados, realizar una propuesta que se centre en la vivencia de los migrantes, es pertinente y necesaria.
La compañía al completo trabaja al servicio de este concepto, diluyen lo personal en lo colectivo, hacen invisibles sus inquietudes propias para hacer visible el Mediterráneo, para meterse en los cuerpos y en las vidas de las personas que a través de todo este mar intentan alcanzar otro futuro. Fronteras en el aire se abre con voces de playas que parecen de tierras lejanas pero podrían ser cercanas —en este momento nos damos cuenta de que todos estamos más cerca de lo que parece— . Alana Sinkëy, cantante de Guinea-Bisáu, atraviesa la función con una voz que bebe de las entrañas de África pero que tienen esa hondura flamenca.
En Fronteras en el aire se hace presente la conexión del flamenco con los sonidos negros. Un vínculo que permanece aún demasiado a la sombra, y que sin embargo es tan latente. El flamenco, gestado gracias a la transmisión y al cruce de culturas, que bebe tanto de la influencia rítmica y la expresión corporal africana, ha resultado ser un lenguaje preciso y muy simbólico para la narración de estas historias de vida. Y hablando de negritud, siempre hay que tener presente esa idea que Lorca popularizó y que atribuye al cantaor Manuel Torre: “Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende”, profetizando esta conexión.
Hay coreografías que son brillantes pero sin pirotecnia. Un cuerpo de baile que mece sus cuerpos como el mar mece a los cadáveres. La dirección artística de Ángel Rojas ha optado, con acierto, por no hacer demasiado evidente las referencias, y aún así, son palpables. Hay una coreografía especialmente emocionante, con una montaña marina de cuerpos sumergidos y otro que se ahoga lentamente en este fondo mientras intenta, suponemos, sobrevivir. Hasta el Gómez de Jerez se ha revuelto de su butaca para exclamar un “¡buena coreografía!”. Parafraseando a Serrat en su célebre canción, “y a mí enterradme sin duelo entre la playa y el cielo…”).
La luz de Carlos Marcos Molins y Ángel Rojas ha sacado lo mejor de la propuesta, resaltando especialmente la iluminación del patio de butacas en un momento central del espectáculo, aparecida tras una escena de oscuridad total del escenario. Este juego lumínico me ha llevado al desierto, a sus noches oscuras y a sus días sofocantes, siendo las cabezas del público como pequeñas dunas y siendo ellos, los bailarines, las personas que cruzan sus arenas.
Esta sensación de salir con la conciencia encendida y la mirada atenta a estas cuestiones me recuerda a la que produce el vecino Festival de Cine Africano de Tarifa y Tánger. En la edición pasada el festival presentó Samia, de Deka Mohamed Osman y Yasemin Şamdereli, una película sobre la historia real de Samia Yusuf Omar, una mujer que desafió los tabúes corriendo por las calles de Mogadiscio y llegó a participar en los Juegos Olímpicos, aunque su verdadera carrera por sobrevivir fue en el Mediterráneo, donde desapareció huyendo de su país; o la historia de David Bingong, camerunés director de Les voyageurs, una crónica de su propio periplo migratorio, que intentó saltar la valla y cruzar el estrecho más de 50 veces.
En la propuesta del Nuevo Ballet Español, los testimonios en primera persona han servido de música, y artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos han sido proyectados a modo de escenografía. Al final de la función, Ángel Rojas ha recordado la importancia de hacer este trabajo por amor. Por amor al Mediterráneo, por amor a la infinitud de vidas perdidas, y con la esperanza puesta en las vidas futuras que merecen cruzar. Ser vividas y contadas.
Tras ver Fronteras en el aire me voy con la idea de que sin duda el arte es un vehículo de entendimiento. Más allá del cacareo político, de consignas e idearios desprovistos de empatía y sensibilidad, de las ideas reaccionarias que asolan este mundo, llenas de odio y enfrentamiento, me cuesta pensar que alguien pueda salir del teatro sin que las vidas de estos migrantes, llevadas a escena por el Nuevo Ballet Español, les haya removido, aunque sea un poquito, en lo más profundo. Al fin y al cabo, es ahí donde habita el duende.
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