Desde la Castellana

Pinceles jerezanos del pasado siglo

Con la pérdida reciente de Paco Toro he podido leer diversos artículos y obituarios en los que se señalaban las mejores características del pintor que nos abandonó. Adjetivos y panegíricos debidos y obligados no sólo por el momento en el que son escritos, si no más bien porque afloran sentimientos muchos años guardados y que encuentran el momento de aflorar a la luz, una vez que los pinceles de Paco han encontrado la tranquilidad de la paleta. Paco ha dejado un reguero de sensaciones que han sido manifestadas por amigos, familiares, políticos, críticos y conocidos que han evocado a otros pintores coetáneos y que, tratando de recordar momentos felices, me han recuperado algunos encuentros de los setenta y de los ochenta.

Cada uno tiene sus gustos. Y sobre todo en la pintura. Y a ello se añade la “química” que cada pintor es capaz de transmitir como persona, como mentalidad, como forma de ser. Siempre hemos oído hablar de tal o cual pintor, que además de tener una valoración social con respecto a su obra, se le añadía la dimensión de su simpatía en función de los amigos con los que hablabas. Por eso la manifestación externa acerca de personas, que lo son antes de ser artistas, no suelen encontrar unanimidad y a veces te encuentras con la controversia hacia gustos, obras, cuadros y consideraciones de diversa índole.

Se ha recordado con absoluta justicia a Fernando Ramírez, en el momento del fallecimiento de su hijo. Y se ha retornado la mirada hasta Montenegro o González Ragel. A gustos y recuerdos no hay que ponerles freno. Pero hacia la mitad del siglo, a partir de los años cincuenta y sesenta, despegan en Jerez cuatro artistas de muy distinta personalidad y de muy distinto destino. No se trata de hacer comparaciones de calidad y gustos, sino tan solo señalo la circunstancia de que hacen aflorar, como en primavera las flores, su arte que llega hasta nuestros días.

Por cuestión de edad, seguramente el mayor fue Juan Gutiérrez Montiel. Le conocí en su casa madrileña, lleno de ideas, bocetos y cuadros. Personalidad atormentada pero siempre dotado de una fina espiritualidad. Manolo Ríos escribió renglones preciosos de su arte y de su personalidad. También por Madrid anduvimos por salas de arte con Manolo Tossar Granados. Es roteño de origen, pero es de este rincón espiritual de Andalucía. Hace años que le tengo perdido pero aún me encuentro algunos de sus cuadros saharauis por galerías de prestigio. En medio de todos ellos apareció Juan Lara quien debió desconectar de su labor artística para entrar de lleno en la decoración.

Después nos llegaría el pincel de Paco Toro, que pasó de los bodegones a la recreación gloriosa de algunos rincones jerezanos, como la esquina de la capilla de la ermita de la Yedra. Más tarde se recreó en pintar los caballos más bonitos y ejemplares que jamás se encontrarán en óleos de ninguna parte del mundo. Y no puedo cerrar la memoria de la pintura reciente jerezana sin recrearme en Carlos Ayala.

Su mano, su sensibilidad y su paleta están perfectamente vivas en la pintura de hoy. Tampoco, como los artistas anteriormente reseñados, tiene una personalidad fácil ni lineal. Pero ha demostrado que es un verdadero artista. Cuadros suyos están presentes en sitios señalados, pasando de escenas taurinas a retratos que reviven al personaje. Por no hacer especial recuerdo de algunos de sus mantones o de la facilidad con la que Ayala ha demostrado saber plasmar colores dando a sus óleos una plasticidad inigualable.

A buen seguro que estos, y otros que están aún en la lucha, reforzaran la dimensión de los pinceles jerezanos.

adaroca@nortideas.com

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