Turismo

Muchos carruajes para pocos turistas

  • La ordenanza municipal de 2010, que duplicaba la concesión de licencias de cochero, pesa ahora entre sus trabajadores Los extranjeros dejan de optar por este transporte turístico

Miran a un lado y a otro de la alameda Cristina aguardando, sin grandes esperanzas, a que alguien repare en ellos. Llevan toda una vida dedicados al negocio de los carruajes de caballos pero la crisis está haciendo agónica la situación, y más teniendo en cuenta que toda la inversión sale de su bolsillo, pues tanto los caballos como los carruajes son propios. Ninguna empresa quiere respaldar este tipo de negocios, por lo que es otra de las profesiones que caen en la insatisfactoria autonomía laboral. Una licencia expedida por el Ayuntamiento, que incluye requisitos como la titulación de conducción de este transporte, el pago de determinadas tasas, seguros y las revisiones del estado de los vehículos, permite a quien lo desee adentrarse en el mundo de uno de los transportes más antiguos del mundo y, hasta hace poco, muy popular entre los visitantes de la ciudad.

Emilio está sentado a la sombra de un banco a las 5 de la tarde junto a sus caballos 'Gordito' y 'Terry', que se sacuden sin cesar las moscas molestas que se posan en ellos. Ha pasado la mayor parte de la mañana en ese mismo sitio, prácticamente inmóvil. Si quiere ir a tomar algo, debe confiar a sus compañeros su negocio, es el peligro de regentar esta clase de empresa. Desde que estalló la crisis, casi nadie demanda este servicio que recorre el casco antiguo y los lugares más emblemáticos de la ciudad. Incluso el tradicional perfil del demandante, extranjeros a los que les llama la atención esta clase de transporte turístico, ha decaído. En su lugar, "los pocos que desean recorrer la ciudad suelen ser españoles venidos del norte", comenta Emilio mientras explica los estragos que ha acarreado la crisis. La época estival tampoco ayuda mucho a estos trabajadores, pues el insoportable calor ha provocado que la mayoría de los coches abandonen el lugar cuando empieza a despuntar el mediodía. "No merece la pena estar aquí tantas horas si no hay nadie que se monte", añade este cochero.

Otro de sus compañeros de plaza es Javi, dedicado a los caballos desde que, hace 8 años, se hizo herrador en el Depósito de Sementales de Jerez. Coincide con Emilio en que "este negocio no da ni para comer". La mayor parte del tiempo la pasa con 'Pirata', su amigo equino, con el cual recorre las calles de la ciudad para mostrar a sus visitantes los rincones más bonitos y secretos. La Escuela de Arte Ecuestre, la bodega Sandeman, el casco antiguo, San Marcos, el barrio de Santiago o el centro, son algunos de los puntos convenidos de la ruta turística. Aproximadamente 50 minutos de trayecto equivalen a unos 40 euros y, lo que parecía un precio más que asequible en la época dorada del carruaje, en la actualidad se ha convertido en un gasto innecesario y los turistas prefieren moverse a pie en su visita por la ciudad. Sin embargo, Emilio coincide en que con los carruajes y, especialmente con los caballos, se fomenta la cultura "en la misma medida que lo hace el flamenco" y la economía jerezana, pues es uno de los puntos claves para avivar el turismo y, por tanto, los hoteles, el comercio y, en general, el sector servicios. A pesar de la importancia que tienen los coches tirados por caballos, "carecemos de protección para realizar nuestro trabajo, lo que hace que el negocio esté cada vez más en decadencia y termine por desaparecer algo tan de la tierra como es esto". Que 2010 fuera el año en el que se duplicaran las licencias por parte de la delegación de Turismo, ha repercutido seriamente en los trabajadores que se lanzaron a este negocio esperando que los beneficios fueran suficientes. Ahora, casi todos ellos, como Emilio o Javi, solo cuentan con este imperceptible sustento para sobrevivir.

La única vía en la que parece haber algún movimiento es en la petición de carruajes de boda, todavía muy solicitados aún en los tiempos que corren, cuyo precio depende del tiempo en el que vaya a ser usado. "Son precios asequibles pues la economía está muy mal y no se le puede cobrar demasiado a los novios".

Atrás quedaron esos años en los que la histórica alameda Cristina era recorrida en todo su largo por carruajes engalanados y caballos dóciles solicitados constantemente por turistas venidos de fuera y animados por lo singular de la ciudad. Una plaza cada vez más desierta en el que la única compañía de estos desanimados cocheros, además de sus caballos, son los taxistas que esperan algún cliente.

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