Jerez

La otra cruz del Jerez rural

  • Un viaje a La Barca, el pueblo con mayor paro en el término municipal · Un tercio de su población está desempleada · La vida cotidiana de la pedanía: Los lunes al sol en el campo. Y los martes, y los miércoles, y...

En el bar Miguel de La Barca de la Florida, ha vuelto una costumbre que no se veía hace años. Es la rifa del espárrago, una 'maceta' que alguien sortea entre la parroquia a un euro el vale. Hace pocos días, una mujer también sorteó una colcha y hace un poco más, otro tipo avispado puso en circulación un millar de vales para sortear un billete de cien euros. Un euro, tres vales. Si tu cifra coincide con las tres últimas cifras del cupón, te embolsas el premio. La crisis aguza el ingenio. Más en La Barca, el municipio del Jerez rural donde el drama del desempleo ha hecho más daño. A final del pasado enero, el pueblo arrastraba una losa de más de setecientos desempleados. En La Barca hay mucha juventud cruzada de hombros en las plazas, familias con todos sus miembros desocupados, gente subsidiada y una legión de pensionistas con dificultades para llegar a fin de mes. Por contra, unos dos mil barqueños son afortunados. Como Miguel, el del bar, que trabajó en Mallorca -"era de casa al trabajo, del trabajo a casa"- y que volvió en mejores tiempos con dinerillo y se echó el bar a la espalda. No le va mal. Bueno, y luego hay más de un millar de barqueños desperdigados por Mallorca y la Costa del Sol, aquellos 'Dorados' a los que emigraron en busca de una nueva vida cuando el campo no daba más de sí. Los barqueños han sido siempre gente valiente y trabajadora y La Barca, ciudad emigrante. Su propio alcalde socialista, otro barqueño, Roque Valenzuela, también fue un emigrante. Trabajó en Alemania y Sudamérica durante unos doce años. Volvió hace seis, metió cabeza en Delphi y, poco antes de la espantá, entró en política. Ahora, sin embargo, ha llegado la hora del retorno.

El panorama de La Barca es casi idéntico al que viven sus municipios hermanos del Jerez rural. El Torno, a tiro de piedra, también fue pueblo de emigrantes, como la práctica totalidad de núcleos que surgieron como setas por el término municipal más grande del país a finales de los años cuarenta al amparo del gobierno de Franco y el Instituto Nacional de Colonización. Como colonos que fueron, el campo fue su primitiva subsistencia. El campo y el clima, que siempre van unidos. Este año las lluvias han destrozado los cultivos. Las peonadas se han echado a perder. La remolacha, el cultivo más extendido en la zona, se perdió hace años con los cupos. Como ocurre hoy día con el algodón. Se extendió el cultivo de la zanahoria, pero eso ya es historia. El río y las lluvias se los han llevado este año por delante. Tras la caída del campo, los barqueños miraron entonces a la construcción. Del campo a la obra. Y cuando la crisis les sorprendió ya era demasiado tarde, ya no había ni campo ni obra. Y preguntaban por teléfono a los familiares de Mallorca y éstos decían: "Aquí, ni lo pienses". Y se quedaron de brazos cruzados, como hace ahora la mayoría de la juventud de La Barca porque, como todos coinciden, lo peor se ha desplomado sobre ellos, los más jóvenes. En la plaza del Ayuntamiento hay un grupo de jóvenes con los brazos cruzados que rodean a Pepi, una viuda que ahora saca adelante con 420 euros a su hija Andrea, embarazada de seis meses, y a su novio Miguel, desempleado.

-¿Sois todos de La Barca?

-Sí.

-Estáis todos en paro. ¿Lo habéis intentado en Jerez?

-En Jerez, en El Puerto, en Chiclana, en Cádiz... Todas las mañanas preguntando aquí y allá... Pero nada de nada.

-¿Pensasteis alguna vez en dejar La Barca?

-¿Irnos de aquí? Pero si todos los que se fueron están ahora volviendo. Aquellos años buenos ya pasaron -dice Enmanuel, de 19 años-. Yo creo que vamos a tener que acabar robando.

-Cuatro mil currículum he mandado en dos semanas -exagera Miguel-. He hecho de todo... trabajé en el campo, fui albañil, camarero... Intenté levantar un negocio en San José del Valle y fracasó. Ahora no recibo ningún desempleo. Vivimos con mi suegra, pero en dos meses seremos uno más. Y si a mi niña le pasara algo, soy capaz de todo. Me he quedado hasta sin coche. ¿Y si a la niña o a mi mujer le ocurrieran algo? He tenido hasta depresiones. Mire, aquí están robando hasta las alcantarillas. ¿Ve ese edificio junto a la iglesia? Era un instituto que se abandonó. Ahora no hay día que alguien entre y se lleve todo lo que tenga algún valor para la chatarra.

- En dos años, he trabajado tan sólo cuatro meses -responde Francisco Javier-. Llevo también dos años sin ayuda. He trabajado siempre en el campo y nunca me había pasado esto. Pienso que, cualquier día, esto va a reventar. Me pregunto si los políticos no podían bajarse sus millonarios sueldos y compartir entre todos.

Roberto, de 26, trabajó durante seis años en Mallorca como comercial en una empresa de reparto de bebidas. Volvió a su pueblo, se quedó en el paro y cuando llama al propietario de la empresa mallorquina, siempre recibe la misma contestación: 'Ahora no puede ser. Quizás más adelante'.

-¿Aquí no hacéis botellón?

- ¿'Botellona'? Ni para eso hay.

El padre Diego, párroco de La Barca y Majarromaque, no es optimista y piensa que "aún no hemos tocado fondo". Natural de Ubrique, su hermana emigró a Libia. Piensa que su destino a La Barca ha sido "como un regalo". Estuvo tres años haciendo la pastoral como diácono en la parroquia de San Benito y desde hace seis años ocupa su primer destino como párroco en la iglesia del santo patrón de la ciudad, San Isidro Labrador, aquel santo cuya imagen sufrió hace años un rocambolesco 'secuestro' por el cura, que la escondió para que no pudieran sacarlo en la tradicional Romería de san Isidro. El párroco (anterior a Diego) estaba indignado por el cachondeo de algunos romeros hacia la figura del patrón en anteriores romerías. Siempre había mofa: Le ponían un sombrero cordobés o un cigarrillo en la boca, lo arrumbaban tumbado sobre un árbol... Se negó a prestar la imagen y eso movilizó a La Barca, Al final, los vecinos le cogieron las vueltas al párroco y el santo salió como todos los años.

"Buscamos la promoción de la persona, no el asistencialismo -opina Diego-. Pero ahora se está volviendo la historia". Cáritas interparroquial atiende, por semana, de ocho a diez familias; hay muchas dificultades para hacerse cargo de los pagos de agua y luz de algunos vecinos y cada vez son más escasos los alimentos que se acumulan en el almacén de la parroquia. Un miércoles al mes, Cáritas realiza la acogida de familias y un día después, se evalúa la situación de cada una de las solicitudes.

En la salida de La Barca a El Torno, un matrimonio con dos hijos sale adelante con unos doscientos euros al mes y la generosidad de sus padres, ya pensionistas. El desempleo para el padre de familia se agotó y sólo el dinero por los trabajos esporádicos de limpieza que ahora hace su mujer en una casa y en una tienda entran en casa. Poco para sacar adelante a dos hijos y un hogar. Como casi todo vecino, él empezó trabajando en el campo, en la remolacha. Luego el campo se mecanizó y la mano de obra fue desapareciendo. Y, como casi todos, se puso el mono y trabajó como peón en la construcción. Hasta hace más de dos años, cuando el ladrillo se fue al garete. Ahora, sin ocupación alguna, acude tres veces a la semana a El Torno para ayudar en una asociación de minusválidos. "Y todo el día en casa, sin salir".

Hace algunos días, Roque Valenzuela fue insultado por unos parados cuando entraba en el Ayuntamiento pedáneo. "Yo es que los entiendo, pero yo no soy el culpable. Quisiera hacer más. Cuando puedo, contrato cada tres semanas a unas cuatro o cinco personas para labores de limpieza y mantenimiento. Y lo más grave, que dependemos al cien por cien del Ayuntamiento de Jerez. Los Planes provinciales de obras no se nos dan, la deuda que nos deben sube y sube y otras ayudas, como el Plan Memta, se quedan en Jerez. Por tanto, es difícil contratar a alguien".

Recuerda Roque cuando en aquellos malos tiempos llegó la alcaldesa a La Barca "y me avergonzó ante todos los vecinos diciendo que yo hacía todo mal y me daba consejos sobre cómo hacerlo. ¿Sabe qué hicimos? Todo lo contrario. Actuamos por nuestra cuenta e hicimos un grandísimo esfuerzo que permitió mejorar nuestra situación económica y quitar una trampa de cincuenta millones de pesetas en deudas a acreedores del pueblo. La situación ahora no es la ideal, pero en unos diez años podemos darle la vuelta a la tortilla". "Yo voy una mañana a Jerez y arreglo aquello. Creo que es necesario que los veintisiete concejales se pongan de acuerdo para salir de esta situación. Si no, lo pagarán los jerezanos. Yo estoy dispuesto a sacrificarme en lo que pueda para poner mi granito de arena".

En La Barca sigue la vida. En el bar de Miguel, del afortunado Miguel, donde la rifa de espárragos, no hay el ajetreo normal de un jueves. Ha notado la bajada de la clientela, pero tampoco se alarma. El negocio sale adelante. "¿Trampas? Pues sí pero, ¿y quién no tiene trampas? Mientras sea solamente eso..."

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