Cultura

Perturbar el orden de los imbéciles

  • El director Jacques Tati, el más grande cómico del cine francés, construye en 'Las vacaciones de M. Hulot' (1953) un universo único, perfecto y cerrado entre olas, arena y casetas de playa

No sería prudente escribir hoy sobre Las vacaciones de M. Hulot (1953), quintaesencia de la película vacacional, feliz y luminosa, de la comedia moderna, pero sobre todo del universo fílmico de Jacques Tati (1907-1982), el más grande cómico del cine francés, sin acudir al texto de referencia de André Bazin publicado en la revista Esprit tras su estreno y recogido en su esencial Qué es el cine, ese libro que todo (en el cine) lo entendió y expresó como tal vez ningún otro lo haya hecho desde entonces.

Escribe el maestro Bazin que, "como todos los grandes cómicos, Tati, antes de hacernos reír, crea todo un universo. Todo un mundo se ordena a partir de su personaje, cristaliza como la solución sobresaturada alrededor de un grano de sal".

Ordenar para desordenar y volver a ordenar de nuevo. Como en Keaton, Chaplin, Fields o los hermanos Marx, como ahora en Kaurismäki o Suleiman, en Tati se construye siempre un mundo cinematográfico único, perfecto y cerrado, con sus propias reglas de juego y normas de funcionamiento, deudoras del lenguaje del cine mudo, del cuerpo como epicentro de toda acción y transformación de los elementos a su alrededor, pero también del sonido trabajado en toda su plenitud y densidad acústica y expresiva, para someterlo, ya desde la primera aparición de su personaje, a un auténtico terremoto de amable destrucción y pequeña catástrofe, base esencial para una atemporal poética del gesto que desestabiliza todo ámbito, toda geografía, todo paisaje, toda arquitectura, para convertirlos en un dulce campo de batalla para la catarsis liberadora de las convenciones y el sentido del ridículo y, por tanto, para la risa más pura.

Escribe Bazin también que "lo característico de Hulot parece ser el no atreverse casi a existir". En efecto, nuestro protagonista, un tipo alto y desgarbado con la misma cara perpleja y estatura de Tati, camina de puntillas, echado hacia delante, con gorra y sus pantalones cortos, por el entrañable hotelito y las familiares playas de Saint-Nazaire después de haber viajado por las carreteras comarcales con su ruidosa tartana, sin emitir palabra, sigiloso y discreto, casi invisible (para los demás, que no para nosotros, testigos de sus hazañas), como si nada fuera con él y todo estuviera ahí dispuesto para que sus gags involuntarios funcionaran como una engrasada maquinaria de relojería.

Ya desde la secuencia inicial en la estación del tren, sabremos que la palabra no será nunca el dominio de Las vacaciones de M. Hulot. Una voz ininteligible anuncia los horarios y andenes de salida, pero nada entendemos, reina la confusión. Mientras tanto, en su pequeño y ruidoso coche, desproporcionado con su físico como lo será también la barca en la que más tarde intentará hacerse a la mar, Hulot conduce pisando el arcén, haciendo eses, llamando la atención a su paso sin que, realmente, hayamos alcanzado aún a ver su figura.

Las vacaciones de nuestro misterioso (Bazin: "Hulot no tiene edad, no viene de ninguna parte, sale del tiempo"), silente y solitario héroe son, en realidad, las vacaciones de la infancia, las únicas vacaciones posibles, las que verdaderamente se disfrutaron y permanecieron en la memoria. Porque Hulot, como Tati, ya era ése el tema de Jour de fête y lo será también de Mi tío, es ese niño raro atrapado en un cuerpo de adulto, ese espíritu cándido y libre que no entiende ni quiere entender el mundo y sus convenciones.

Pocas son las palabras que se escuchan en este filme que hilvana un gag brillante tras otro sin solución de continuidad. Palabras banales e intrascendentes, acentos ridículos, algunas locuciones de informativos de radio que hablan de conflictos y crisis internacionales. Tati ridiculizar y se desinteresa así de esa "incoherencia del burguesismo" y cuando compra el periódico no lo hace para leer las noticias, sino para hacerse un gorro de papel. El suyo, como el de los niños que, también silenciosos, aparecen en la película, es el mundo del ruido (el viento, una puerta abatible, una pelota de ping-pong, un tubo de escape…) y el de la música, una música de jazz moderna, rítmica y luminosa que sólo parece agradarle a él (a nosotros) y a esa chica rubia a la que, con el tacto ingenuo, tímido y asexual de un niño, intenta acercarse sin éxito.

Pocas películas nos ponen más a prueba a la hora de seleccionar secuencias estelares. Cada una de ellas es aquí una lección de puesta en escena, repetición, tempo y comicidad audio-visual: desde el intento de pintar la barca con un bote mecido por las olas a la hilarante partida de tenis, de las entradas y salidas de los camareros y clientes del comedor del hotel a los fuegos artificiales que ponen fin a las vacaciones, de la escena del cementerio a esa otra de la habitación en la que nuestro héroe siembra el caos cuando lo que pretende simplemente es colocar un cuadro recto.

Con todo, estas vacaciones y el propio señor Hulot destilan una cierta melancolía, la certeza no sólo de una arcadia perdida para siempre entre olas, arena y casetas de playa, sino también la de una manera de entender el cine que tan sólo Tati mantuvo viva y cuyo secreto se llevó a la tumba.

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