I festival flamenco jerez gran reserva

Y el arte rompió el guión

Rancapino Chico y Manuela Carrasco, en uno de los momentos de la noche. Rancapino Chico y Manuela Carrasco, en uno de los momentos de la noche.

Rancapino Chico y Manuela Carrasco, en uno de los momentos de la noche. / José Contreras

No sé por qué pero el sábado en la plaza de toros había algo especial. Todos y cada uno de los que allí se congregaron, entorno a las cuatro mil personas, sabían inconscientemente que algo ocurriría. Sería esa magia que envuelve al coso jerezano, testigo de tantas y tantas tardes y noches de gloria, la conjunción de los astros o el hecho de que se cumplían 25 años de la muerte de Camarón, muy presente, pero lo cierto es que esta primera edición del festival Jerez Gran Reserva pasará a la historia.

Fue una noche larga, pues el flamenco se prolongó hasta pasadas las cuatro. Pero vaya noche. Evidentemente, con seis horas de espectáculo, la línea de la sensibilidad osciló más o menos según el momento. Eso sí, cuando el termómetro de las emociones subió de temperatura fue para quedarse en la retina de los que allí estaban. Fueron varias las situaciones inolvidables. Una llegaría al filo de la una de la mañana. Fue el instante preciso en el que Remedios Amaya volvía a subirse a un escenario. Un año después de su retirada debido a un cáncer de pecho, la sevillana se volvió a enfundar el traje de artista para protagonizar uno de los momentos grandes. El público pareció entender que aquello era distinto, que no era una actuación cualquiera, y de pronto la plaza de toros se silenció por completo. Las miradas se centraron en la trianera, que formó un perfecto binomio con Diego del Morao. Remedios recordó a Camarón y a El Torta, y dio gracias a Dios “por estar aquí de nuevo”. Por bulerías, su único modo de expresión durante la noche, su cante fue el de siempre, pero esta vez había algo diferente, algo que a más de uno levantó del asiento y lo arrolló como una ola de temporal. Lloró de alegría y emoción Remedios. ¡Qué bueno verte de vuelta!

Para la historia quedó también el estreno de Alonso Rancapino, Rancapino Chico, cantando pa bailar. En medio del coso jerezano, qué mejor sitio para tomar la alternativa, el chiclanero tuvo a una madrina de excepción, Manuela Carrasco. La propuesta, por inesperada y por lo que supuso, encandiló a la gente. A veces, y más en este tipo de festivales, en los que el número de artistas es elevado, no viene mal romper el guión y actuar en función de lo que hay o del ambiente existente. Ambos rompieron el guión, pero por supuesto también quebraron de emoción a más de uno, en otro de los detalles de la velada. Por soleá, Alonsito, capaz de acaramelar el cante sin perder ni un ápice de gitanería, sacó lo mejor de su repertorio para llevar en volandas a Manuela, a la que se le vio cómoda, sobrada y exhibiendo su elegancia en cada pase, al bracear y hasta en la manera de coger el mantón. Es como si en este tipo de escenarios, los festivales, la sevillana se viese dominadora. La temperatura subió hasta levantar los olés y enloquecer a algunos. En un tiempo en el que predomina la técnica, la simbiosis Rancapino-Carrasco, nos devolvió a otra época. Genial.

No fue el único detalle del hijo de Rancapino que horas más tarde volvió a demostrar que tiene algo distinto al cantar por tangos y bulerías, durante las que interpretó un fandango dedicado a Moraíto cargado de sensibilidad y en las que ofreció una variedad de registros exquisita.

La hora acechó desde el primer momento al festival, teniendo en cuenta que el número de artistas era alto. Y aunque bien es cierto que la organización trató, con medidas como la de Rancapino o la de Tía Juana del Pipa, que sólo aportó una pincelada por bulerías, acelerar el proceso, seis horas son seis horas. “Tiene guasa estar ahí seis horas, me canso yo aquí”, exclamó Capullo de Jerez nada más salir al escenario en una muestra de lo que se vivió.

Aún así, el público pudo saborear a la nueva cantera del cante de Jerez, a la que también se le dio su sitio sin tener que vender motos innecesarias. Manuel de la Nina, Rafael del Zambo yEnrique Remache, éste muy aplaudido por soleá, son tres exponentes con mucho futuro y a los que hay que seguir cultivando porque madera tienen.

Pudimos oler la sal de Cádiz con Juan Villar, que calentó el ambiente por tangos y bulerías marca de la casa, con el respaldo del siempre animoso Niño Jero, cuya guitarra es capaz de hacer cantar a un muerto. Las guitarras, dicho sea de paso, brillaron con luz propia durante toda la noche. Pepe del Morao arropó bien el cante de los más jóvenes, Miguel Salado estuvo de diez acompañando a Rancapino y Panseco, dos estilos distintos, y la sonanta de Manuel Valencia sonó con más limpieza y desgarro que nunca. Sensacional. Y qué decir de Diego del Morao.... Colosal.

Aplaudido y aclamado fue Antonio Reyes, que se extendió bastante en su regreso a Jerez. Honró a Caracol con pinceladas de la zambra ‘Gitana blanca’ y retales del ‘Pregón del Uvero’. Se templó por seguiriyas y se metió a la plaza en el bolsillo por tangos, que finalizó con una letra por fandangos de Antonio El Rubio, que como es natural, recuerdan a Camarón.

Antonio Reyes es hoy por hoy un referente, y si no miren su agenda, y aunque a veces da la sensación de que puede dar mucho más, su compromiso el sábado en Jerez nadie lo pone en duda. Con la guitarra de Diego del Morao siempre aportándole, remató por bulerías y un bis por fandangos de diversos estilos (camaroneros y terremoteros).

Valiente estuvo Felipa del Moreno, que ha tomado la decisión de caminar por lo tradicional. Abrió por bamberas, exhibiendo un poderío abrumador, y fue aplacando sus ganas conforme transcurría su intervención. Alegrías, fandangos y bulerías le sirvieron para dar un paso más.

Enciclopédico estuvo Pansequito. El veterano cantaor ‘conferenció’ por soleá con su cante, recorriendo estilos; estuvo menos acertado por alegrías, y remató con otra lección de sabiduría por bulerías, durante la que fue recriminado por parte del público por cantar sin micro (no se oía nada).

Tampoco se salió del guión La Macanita. Tomasa sacó a relucir sus excelentes condiciones por soleá, con esa manera de ejecutar las cantes de la Fernanda y la Bernarda tan difícil de hacer, y empachó a público de bulerías con sello propio.

Juana la del Pipa, por aquello del tiempo, apenas sí concedió tres o cuatro letras por bulerías, eso sí, lo suficiente para hacerse notar. “Que son las tres y tengo que poner el puchero pa mañana pa la playa”, dijo antes de marcharse.

De aquí al final, resaltaron los fandangazos de David Carpio, que conoce bien sus virtudes, y que previamente había abierto por martinetes. Cerró por bulerías, donde, en otro detalle que demuestra que la profesionalidad de algunos cantaores jóvenes de Jerez va a más, se preocupó de acordarse de Moraíto con letras alusivas. Excelente.

Como de costumbre, y ya pasadas las cuatro, Capullo tiró de su ya clásico ‘hit’: ‘Apaga y enciende la luz’ y ‘Lucha por la libertad’. Tangos a toda pastilla con la perfecta guitarra de Manuel Jero, impecable. El poco público que quedaba se animó, aunque se quedó con ganas de escucharlo por caminos más reposados. Digo yo que alguna vez será. El público se marchó contento en una velada que quiere seguir en años venideros y que deja el listón muy alto para futuros planteamientos. 

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