Cuando todo es posible

Diario de las artes

Álvaro Oskua
Álvaro Oskua / Miguel Ángel González
Bernardo Palomo

30 de marzo 2019 - 11:43

Álvaro Oskua es un joven artista que lo tiene claro, muy claro. Tiene una grandísima facilidad creativa y una clarividencia poco habitual. Realiza una pintura figurativa que esconde más que enseña. Ya en la carrera mostraba una actitud crítica con lo que le rodeaba en los viejos espacios, con poca renovación artística, de la Facultad de Bellas Artes de Sevilla y dejaba entrever una capacidad pictórica que se apartaba de lo que era norma en aquel vetusto estamento universitario. Su pintura lo demuestra claramente. Pinta lo real muy bien pero no ilustra lo más inmediato sino que ahonda en unos conceptos que patrocinan una representación mediata que genera planteamientos muy a contracorriente. Además el joven artista nacido en Arcos descubre una pintura figurativa moderna, desarrollando una intencionalidad sugerida desde una iconografía que posibilita infinitos desarrollos significativos.

La exposición plantea, a simple vista, una representación de fácil mirada y muy buena situación plástica, con dos partes perfectamente diferenciadas, dos campos de color poderosos que envuelven unos elementos constitutivos que rompen la potencia cromática y formulan unos episodios representativos protagonizados por la imagen todopoderosa de un sillón. La mirada se siente, en principio, atrapada en un escenario de fuerza formal - el impacto visual del color - que estructura y enmarca una escena donde lo que se ve induce y promueve a otras situaciones. De esta manera, un entrañable sillón, vacío u ocupado, abre nuevas expectativas. No se trata sólo de la simple ilustración de un objeto concreto que puede suponer un hecho doméstico y de la intimidad familiar. Eso sería demasiado fácil y la obra de este artista produce mayores y mejores sensaciones que lo que la vista descubre.

La presencia del sillón nos retrotrae a la imagen de aquel sitio de privilegio que ocupaba el padre en el seno de la familia. Era un lugar intocable, reservado y casi con un sentido pseudosagrado. Ese patriarcado ha sido parte de nuestra historia pasada y, afortunadamente, ha quedado bastante relegado; situación que un feminismo, mal entendido, exacerbado y fundamentalista, busca, quizás, apropiarse para protagonizar otras realidades interesadas.

La exposición, contundente, vibrante, llena de intensidad y gestualidad nos ofrece la oportunidad de contemplar una pintura que no deja indiferente, que transporta a un universo de enigmas, de circunstancias inquietantes, de escenas que componen una realidad imprevista, evocadora... expectante.

Dos sillones esconden, tras sus asientos vacíos, la figura, en uno, de un animal huidizo, así como dos figuras fundidas en un apasionado abrazo, en otro. Las dos representaciones permanecen tras los imponentes sillones; son escenas casi prohibidas para la presencia poderosa del omnipresente símbolo dominador. En otras piezas, las figuras femeninas se presentan en enigmáticas actitudes. Una pequeña obra acentúa, todavía más, la inquietud: dos viejos puntos de teléfonos callejeros son mudos testigos de la posible muerte de una mujer. La verdad sólo está en la mente elucubrante del espectador.

Estamos ante una exposición que invita a la creación particular de una historia. El artista ni siquiera da pistas, sólo aporta mínimos datos para que el relato acabe. Lo demás no importa; o, quizás, sí.

Álvaro Oskua aparece en la escena expositiva con muy buenos argumentos pictóricos. Pinta bien y crea máximas inquietudes. Su obra no pasa desapercibida y da qué hablar. ¿Se puede pedir más en este mundo de escasez?

Los valores de la gran pintura de siempre

Antonio Agudo

Galería Haurie

Sevilla

LA figura artística de Antonio Agudo se encuentra, ya, posicionada en los máximos estamentos de madurez creativa. Si desde siempre, su pintura ha estado marcada por un fuerte carácter, por un dominio de la expresión plástica, ahora, el pintor sevillano ha entrado en una dimensión donde todo ha quedado reducido a la esencia absoluta de la representación. Y esa máxima depuración formal descubre a un pintor supremo que ha superado muchas etapas hasta conseguir la espléndida realidad en la que, actualmente, se manifiesta su pintura.

Antonio Agudo presenta su obra en la galería de Magdalena Haurie, una de las de mayor y mejor trayectoria expositiva de cuantas existen en Sevilla. Una galería que trabaja sin las exuberancias de otras, pero siempre animada por la búsqueda de lo mejor, de lo que no encierra dobleces y de aquello que deja huella de la más absoluta emoción artística. La sala enclavada en los medios del barrio de Santa Cruz - allí donde han llegado muchos importantísimos artistas, algunos de nuestra zona, como Carmen Bustamante y Manolo Cano, en los últimos tiempos - se llena con la contundente pintura de Antonio Agudo, una pintura que suscribe una clara realidad pero estructurada desde los parámetros de un expresionismo que matiza la representación para hacerla más determinante, más esencial; menos concreta, menos imitativa e infinitamente más pintura, más gestual; en definitiva, más apasionante y llena de emoción por un arte hacia adelante y con diáfanos horizontes. Porque el trabajo de Antonio Agudo responde a los postulados que hicieron grande la pintura, aquellos que descubren apasionantes desarrollos plásticos sabiamente interpretados, desde una representación envuelta en registros pictóricos llenos de intensidad expresiva.

La exposición de Antonio Agudo nos adentra por esos universos mejicanos y guatemaltecos, tan queridos por el artista, de los que extrae muchos sistemas ilustrativos de una realidad que él hace pasional, poderosa, expresionista y espléndida. Un paisaje de gran esencialidad, con la naturaleza dejando entrever sus posiciones más determinantes, de mayor impacto visual y dejando que sólo se manifiesten los elementos constitutivos de más poder expresivo; diluyendo, al mismo tiempo, la ilustración física que los identifica y enmascarándola tras una gran intensidad plástica que evidencia un apasionado y apasionante desenlace pictórico. Sus pinceladas se hacen extremas para delimitar los desenlaces figurativos y acercarlos casi a una posición abstracta donde el gesto cromático está por encima del relato ilustrativo.

Junto a esos paisajes de evidente contundencia plástica, la exposición nos muestra una serie de pequeños dibujos que desentrañan una humanidad sucinta, manifestando sólo una realidad inmediata, apenas descrita, pero fuertemente posicionada en unos máximos estamentos formales. Son dibujos realizados con los trazos elegantes y definitivos del que sabe utilizar las grafías conformantes como una marcada arquitectura compositiva, esa que posibilita los más amplios gestos expresivos y que se llenan de tenues toques de color para aumentar el carácter de la figura y generar una vehemente conformación plástica.

La exposición en la galería sevillana nos vuelve a reencontrar con un especialísimo pintor; autor de una obra expectante, llena de gran dimensión artística y portadora de los verdaderos valores de un arte sin tiempo ni edad.

Antonio Agudo es un pintor convincente, de esos que mantienen vivas todas las buenas circunstancias de una pintura solvente, portadora de todas las grandes posiciones del arte verdadero, sujeto a la postulados clásicos que suscriben episodios llenos de autenticidad, esos que hacen eternos la pintura, que atrapan la mirada y abren las esclusas de la más inquietante emoción.

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