Diario de las artes

Cuando todo es posible

Álvaro Oskua Álvaro Oskua

Álvaro Oskua / Miguel Ángel González

Álvaro Oskua es un joven artista que lo tiene claro, muy claro. Tiene una grandísima facilidad creativa y una clarividencia poco habitual. Realiza una pintura figurativa que esconde más que enseña. Ya en la carrera mostraba una actitud crítica con lo que le rodeaba en los viejos espacios, con poca renovación artística, de la Facultad de Bellas Artes de Sevilla y dejaba entrever una capacidad pictórica que se apartaba de lo que era norma en aquel vetusto estamento universitario. Su pintura lo demuestra claramente. Pinta lo real muy bien pero no ilustra lo más inmediato sino que ahonda en unos conceptos que patrocinan una representación mediata que genera planteamientos muy a contracorriente. Además el joven artista nacido en Arcos descubre una pintura figurativa moderna, desarrollando una intencionalidad sugerida desde una iconografía que posibilita infinitos desarrollos significativos.

La exposición plantea, a simple vista, una representación de fácil mirada y muy buena situación plástica, con dos partes perfectamente diferenciadas, dos campos de color poderosos que envuelven unos elementos constitutivos que rompen la potencia cromática y formulan unos episodios representativos protagonizados por la imagen todopoderosa de un sillón. La mirada se siente, en principio, atrapada en un escenario de fuerza formal - el impacto visual del color - que estructura y enmarca una escena donde lo que se ve induce y promueve a otras situaciones. De esta manera, un entrañable sillón, vacío u ocupado, abre nuevas expectativas. No se trata sólo de la simple ilustración de un objeto concreto que puede suponer un hecho doméstico y de la intimidad familiar. Eso sería demasiado fácil y la obra de este artista produce mayores y mejores sensaciones que lo que la vista descubre.

La presencia del sillón nos retrotrae a la imagen de aquel sitio de privilegio que ocupaba el padre en el seno de la familia. Era un lugar intocable, reservado y casi con un sentido pseudosagrado. Ese patriarcado ha sido parte de nuestra historia pasada y, afortunadamente, ha quedado bastante relegado; situación que un feminismo, mal entendido, exacerbado y fundamentalista, busca, quizás, apropiarse para protagonizar otras realidades interesadas.

La exposición, contundente, vibrante, llena de intensidad y gestualidad nos ofrece la oportunidad de contemplar una pintura que no deja indiferente, que transporta a un universo de enigmas, de circunstancias inquietantes, de escenas que componen una realidad imprevista, evocadora... expectante.

Dos sillones esconden, tras sus asientos vacíos, la figura, en uno, de un animal huidizo, así como dos figuras fundidas en un apasionado abrazo, en otro. Las dos representaciones permanecen tras los imponentes sillones; son escenas casi prohibidas para la presencia poderosa del omnipresente símbolo dominador. En otras piezas, las figuras femeninas se presentan en enigmáticas actitudes. Una pequeña obra acentúa, todavía más, la inquietud: dos viejos puntos de teléfonos callejeros son mudos testigos de la posible muerte de una mujer. La verdad sólo está en la mente elucubrante del espectador.

Estamos ante una exposición que invita a la creación particular de una historia. El artista ni siquiera da pistas, sólo aporta mínimos datos para que el relato acabe. Lo demás no importa; o, quizás, sí. Álvaro Oskua aparece en la escena expositiva con muy buenos argumentos pictóricos. Pinta bien y crea máximas inquietudes. Su obra no pasa desapercibida y da qué hablar. ¿Se puede pedir más en este mundo de escasez?

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