Los calores suelen llegar de improviso y nunca estamos contentos con ellos. O quizás sea que el calor contiene tal enorme fuerza de la naturaleza que es capaz de hacernos sentir ridículos. Lo de las devoluciones en caliente que avergüenza hasta a las fuerzas de seguridad no tiene nombre se mire como se mire.

Lo de los efectos calóricos del agujero de ozono es algo que no acabamos de asumir ni de lejos después de varios lustros de empeoramiento. Lo de los temas candentes que nos rodean a diario como el centro del motor adjudicado a dedo, el museo taurino que se nos va a otra ciudad, las calles del infierno de varias semanas o los museos de Lola Flores o del Flamenco, acaban teniéndonos en ascuas y quemándose en las manos de más de uno acostumbrados como están a no hacer otra cosa que pensar en subir la temperatura ambiente en función de las diferentes propuestas que se inventan en los consistorios para atacar a los colores contrarios, subiendo los termómetros digitales de las salas de plenos municipales para llevárselo calentito y poder justificar sentarse al lado de quien más calor dá , sea en primarias, secundarias o terciarias, que para el caso es lo mismo.

No es de recibo que tanto calor acabe haciendo sudar tanto, que se pierden demasiados metabolitos imprescindibles para el buen funcionamiento cerebral, sin que eso suponga la aceptación de que los niveles de alcohol etílico en sangre tengan nada que ver con aquello del ni caldo frío ni vino caliente del dicho. Lo mejor es andar sin paños calientes, de manera clara y directa. A ver si las altas temperaturas no obcecan tanto al personal. Se puede discernir con más y mejor criterio y que cuando la chicharra canta no sea porque algo pasa con neurona fría y con la lengua demasiado caliente y larga. Lo que suele suceder es que hay tanto egoísmo que nunca mejor metáfora de lo de ande yo caliente…

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