Hay quien vende mercancías, informaciones, quienes mercadean con sensaciones, viajes, con experiencias, y también hay quienes lo hacen con la muerte ajena, con la desesperación del que está enfrente, de su igual. Hay quienes son capaces de pedir dinero a cambio de unas macabras imágenes que representan por sí solas cómo acaba el dolor de una persona -su ocaso vital, un maremagnum inmenso- que la lleva a tomar una decisión que le costará la vida, siendo además consciente perfectamente de ello. Ese cambalache tan sólo produce náusea y levanta una interrogante: ¿A dónde nos está llevando este afán por retransmitir la vida en directo? ¿Por ver los hechos como tales pero sin pararse un momento a pensar qué hay detrás de los mismos? ¿Pedir dinero a cambio de una muerte? Hay que ser cretino. Y puedo asegurarles que en esta ciudad, al menos que yo sepa, hay uno.

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