Análisis

Álvaro García de Luján Sánchez de Puerta Licenciado en Historia

Jerez y Córdoba, esa historia de amor

De chico, en Madrid, nadie hablaba de Jerez ni de Córdoba en el colegio del Pilar, la verdad. Lo cual quiere decir que nadie hablaba de ellas en el Mundo. Al menos no como yo.

Era una faena porque uno, en la EGB, luchaba por hacerse un nombre en el recreo, más que nada por hacerse respetar y no dejarse robar el bocadillo demasiadas veces a la semana. Imagínense la jungla. Peor. En eso pensaba y también en por qué un tío como yo, hijo de jerezano y cordobesa, pasó como si nada rozando el éxito sin la más mínima entrega.

Quiero decir que me señalaron la puerta de salida de los mejores colegios de Madrid pero siempre con la mejor de las sonrisas. Lo rozaba todo pero sin definición. Dijeron. Por entonces insistía en el BUP por consideración. No fue práctico, pero era mi estilo. Y eso, aunque poco, siempre es algo.

Pensaba en aquellas tardes de sábado jugando en los billares de la calle Lista -aún la boca de metro se llama así- cuando un tipo duro de aquellos de principios de los 90 de Madrid, ya me entienden, me dijo: "oye, cordobés, vente a echar unas carambolas a la mesa de los grandes". Salí corriendo, claro.

Así fue la primera vez que supe que era cordobés. Lo sorprendente fue que aquellos tipos de los billares lo supieran antes que yo.

Tardé algo más en darme cuenta que también era jerezano. Pero eso fue para mejor. En esto se reparten la culpa el cine Jerezano y el Talgo entrando en la elegante y señorial estación de trenes de Jerez.

Así fue cómo empecé a ser un tipo cordobés medio jerezano. Y al revés.

Quiero contar una pequeña historia que comienza sobre dos colinas, hace mucho tiempo. Y también que alrededor de ellas, a través del tiempo, se conformaron y crecieron dos pequeños poblados que, curioso, con el paso del tiempo adivinaron un único vino. El mismo puñetero, universal y generoso vino.

Sobre una nació Jerez. Sobre la otra, Córdoba.

Ninguna colina supo de la otra durante siglos.

Hace dos mil y pico años sobre estas dos ciudades llovía de vez en cuando. En ellas hubo un puñado de guerras. El engaño se perpetuó un tiempo, quizás. Pero la mera supervivencia hizo que todo tomara otro cariz.

Un fenicio con pocas ganas de hablar anduvo por ahí. Quizás fueron dos. Tal vez eso lo cambió todo. Alguno de ellos plantó una vid. Hubo dos campiñas. Luego hizo sol.

Y ahí empezó todo.

¿Por qué estas dos ciudades han estado de algún modo siempre unidas a lo largo de los siglos? ¿Qué las une? ¿Por qué tienen los dos vinos generosos más espléndidos del Mundo? ¿Por qué los melodramas siempre nacen en las ópticas?

Jerez y Córdoba fueron fundadas sobre dos promontorios imposibles. A destiempo. Dominando dos de las campiñas más hermosas que este condenado mundo ha contemplado. Ahí va una. Me la juego. Lo sé.

Ambas -olviden los libros de texto- vacilaron al mundo.

La Edad del Hierro pasó lenta, perezosa y divertida sobre estas dos colinas.

Para Córdoba y Jerez, Tartessos -esa gran broma infinita de Herodoto- hacía jugarretas al destino. Fue el primer parchís de la geopolítica.

Mientras pico Doritos juraría que suena una de C. Tangana en el balcón de enfrente.

No existían élites, ¡sí, no existían! cuando Fernando III el Santo reconquistó Córdoba en 1236 y su hijo Alfonso X el Sabio reconquistó Jerez en 1264.

Pasa el tiempo y el Imperio español se va a hacer gárgaras. Pero siempre hubo oportunistas. Poco después, uno de ellos llamado Max Weber cazaba moscas calvinistas mientras olvidaba adrede que fueron unos jerezanos quienes levantaron las primeras universidades en Hispanoamérica en el siglo XVI. La primera universidad anglosajona en América del Norte lo fue en el siglo XIX. Arrea.

Cabeza de Vaca y el Gran Capitán. Disfruten del espectáculo.

Llegó el siglo XX y la relación entre Jerez y Córdoba se afianzó. Al jerezano Miguel Primo de Rivera le cantaban fandangos en la Plaza del Potro de Córdoba y en las sedes de la UGT de Jerez de la Frontera se le hacía por peteneras; contenidos y dichosos. Eran otros tiempos.

Cuando el alcalde de Jerez Tomás García-Figueras recibió de Córdoba en 1964 una réplica del Potro sito en dicha plaza cordobesa, con motivo del séptimo centenario de la Reconquista de Jerez, ambas ciudades resplandecían como nunca. Lo cuentan las crónicas. Y yo.

El senequismo cordobés y la guasa contenida jerezana hablan el mismo idioma con distinto acento. Desde hace siglos.

Hay tipos en tabernas de ambas ciudades -separadas por ciento y pico quilómetros- que visten pantalones de tergal y zapatos de rejilla. Son la dignidad que siempre quisimos ser. Que rechazamos porque hay cosas que nos han dicho no son chic. Son los mismos a los que la ideología woke llama rancios. Hemos dejado que sea esa ideología quien defina "lo rancio". Se lo pusimos a huevo. El disparate persiste.

Estos tipos -los de las tabernas- aparentemente, casi nunca dicen cosas interesantes. Más nos vale observarlos. Aprender de ellos. Escucharlos. Porque desaparecerán. Y entonces, estén seguros, estaremos perdidos.

Porque esos tipos somos usted y yo. Por mucho que llevemos pantalones pitillo y playeras de importación. Por mucho que bebamos un "medio" vestidos con una camisa hawaiana.

Una vez escuché de un parroquiano -en la barra jerezana de La Moderna o en la cordobesa del bar Correo; qué más da- que entre Jerez y Córdoba siempre hubo un puente que pasaba por encima de Sevilla.

Hablaba, aquel tipo, de Jerez y de Córdoba como de la historia de un galanteo.

O sea, del mayor de los encantadores desconciertos.

Y ese tipo sabe.

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