LA trasnochada educación, que cinceló los pocos conocimientos que poseo, tenía en su haber el uso frecuente del diccionario, que, situado en la mesa del maestro, era asiduamente consultado por los pupilos del aula; junto a él, también el sacapuntas de manivela, tan, o más, concurrido que el diccionario. Como yo pareciera que me sentaba sobre ascuas, solía visitar a menudo los dos utensilios, hasta el punto que tuvo el maestro que pautarme su uso y refrenar así mis peripatéticos aprendizajes. No sabía yo entonces lo que era un neologismo, porque lo nuevo y lo viejo era, en mi cerebro infantil, forastero, y así, con paciencia, fui llenando la alforja lingüística, a base del vademécum castellano y el afilamiento del lápiz, sin contar las veces que me hicieron repetir las faltas de ortografía, veinte, treinta y hasta cien veces, con el consiguiente desgaste de la mina, que siempre justificaba mi vuelta al vagabundeo, a pesar de la prohibición.

Una costumbre que he seguido manteniendo a lo largo de los años sirviéndome un tanto para entender lo que se me está diciendo o lo que voy leyendo abriéndome así a la luz y a las ideas que tienen que llevar forzosamente palabras. Me gusta enriquecer el vocabulario de la manera que sea, y aun a costa de mi pensamiento tramontano, que tanto gusta de las reglas en el lenguaje y de su buena aplicación, cosa que no siempre coincide con la limpia, fija y esplendorosa academia que lo promueve y exalta con evidentes signos de contradicción. La ideología de género (ya en sí misma mal definido) no puede interferir en la gramática hasta el punto de desgarrar el sexo y la concordancia en aras del lenguaje incorrecto, se ponga como se ponga la empoderada política de lo correcto. No todo lo que se habla ha de ser aceptado y aplaudido, por más que la lengua sea viva y evolucione; también la involución puede significar empobrecimiento, cuando no aniquilación.

Pero como la Academia está llena de académicos, doctores tiene que sabrán responder mejor que este pobre opinador. Acaba la misma de realizar una nueva actualización de su diccionario, con 3.836 modificaciones entre nuevos términos, enmiendas y nuevas acepciones entre las que se encuentran 'criptomoneda' y 'ciberdelincuencia'. Las dos ya me producen repelús, porque no veo en ellas que puedan ser útiles para un bello poema épico y sentimental; no así 'poliamor' que lleva en sí connotaciones plurales para un acto tan íntimo; sospecho que de ésta se ha de colegir que desaparecerán los cuernos y se dará paso a la 'nueva normalidad' 'poliamorosa' conjugándose con 'bitcóin' en la 'burbuja social'. Si esto sigue así no tendré más remedio que montar un 'pifostio' o hacer la 'cobra' (en la acepción de evitar un beso).

La sociedad avanza, el lenguaje cambia con ella y la Real Academia Española intenta adaptarse camaleónicamente al uso de las personas. Hasta el punto de haber ingresado también en ella la pandemia con la ya aceptada 'nueva normalidad' (tonta del culo), la 'vacunología' (no sé en qué dosis) y el 'cubrebocas, mascarilla y nasobuco' (esta última para defenderse de los patógenos que hay en Cuba y Nicaragua de lo mal que políticamente huele).

Y tanto ha influido la pandemia en esto del lenguaje, que, si te han hecho una prueba biológica en la región bucal o nasofaríngea con un hisopo, dirán que has sido 'hisopado', cuando lo propio sería que te hubieran bendecido. Aquí estaríamos hablando del 'ciberacoso' del lenguaje, con lo que me podrían 'geolocalizar' por más que me escondiera detrás de un 'cachopo'. A mí, que a la relación erótica y estable entre varias personas con el consentimiento de todas ellas se le llame 'poliamor', y además se inscriba, como si tal cosa, me torna al 'transgénero' 'ojiplático', que es lo mismo que decir asombrado y sorprendido. Pero como yo soy una persona con gran capacidad de disfrute, 'disfrutón', en la mejor acepción de la palabra, me sigo regodeando con el sorprendente arsenal palabrero que ya pertenece al sillón correspondiente de la sin par institución de la lengua.

No quiero pensar que esto se convierta en un 'sindios' (que estoy de acuerdo que cuando no lo hay todo es un caos), sino al contrario, la Real Academia ha tenido en considerar hasta la venta ambulante ilegal, casi siempre, de productos falsificados o de imitación, expuestos en el suelo sobre una manta, aceptándola como 'top manta' y quedando así clasificada y excusada de cualquiera otra consideración xenófoba. Lo ha hecho con todos los parabienes, firmas y controles, quedando ratificado con el aplauso de la plebe y la bendición de una 'obispa'. Un abrazo y mi más sincero beso onomatopéyico aprobado por la RAE: 'Muac'.

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