Desde la espadaña

Felipe Ortuno M.

Dolor en las vías y esperanza en Huelva

04 de febrero 2026 - 03:07

El pueblo de Adamuz y los comportamientos espontáneos de los viajeros me confortan en la esperanza sobre el hombre. Hay corazón más allá de las gestiones administrativas, hay humanidad en medio de la tragedia y la irresponsabilidad, hay hombres entre tantos desaprensivos, hay solidaridad más allá de los partidos, hay verdad entre tanta mentira de política mezquina. La esperanza surge en los mayores dolores de la historia. El altruismo aparece vestido de joven héroe rescatando heridos, la luz es una niña entre las vías o un herido que no piensa en sí y queda acompañando a otro en el amasijo de hierros.

La tecnología es un móvil ofrecido para comunicarse con las familias. Eso es todo: un pueblo ofreciéndose al completo, una manta, una linterna, unas vendas, casas abiertas, corazones entregados. Eso es todo. Nada más y nada menos: amor compasivo y compartido. Gentes que han convertido el dolor en un bálsamo para cualquier herido. Nadie ha preguntado por las siglas políticas, nadie ha discriminado por razón de creencias ¡faltaría más! Todos se han unido (y los que no estábamos también) en una esperanza activa, en una semilla de humanidad arrojada en medio de la noche fría. En medio del dolor extremo, un amor desbordado.

Lo hemos visto, en nuestra impotencia lo hemos palpado: se puede seguir creyendo en el ser humano. Si eso no hubiera sido posible, el dolor se habría multiplicado. Ahora estamos en duelo, buscando sentido e intentando conservar la fragilidad de la fe. No es fácil resistir más allá de las responsabilidades que puedan surgir de la tragedia. La persona, cuando pregunta, trasciende las investigaciones técnicas o políticas que sean pertinentes. Vienen las ausencias, el verdadero tormento que condiciona la historia particular de los que quedan: callan los muertos y sigue la historia infringiendo su dolor.

Cuando volvamos a nuestras cosas, los vivos tienen que seguir soportando la ausencia de sus muertos, continuar la vida con la sombra de un destino que ninguno quisiera para sí. Queda el consuelo de saber que los hombres fueron buenos, que en aquel relámpago de infortunio alguien fue mejor de lo que esperaba, que la verdad se hizo presente en el amor, que las manos se entrelazaron como nunca, que la humanidad se hizo un poco más humana en medio de aquel trágico accidente donde, y no me cabe duda, se sembró una semilla de amor inexplicable pero cierto.

La capacidad de encontrar sentido profundo nos permitirá resistir y trascender la aflicción. Unos le llamarán resiliencia, otros, fe, cada cual buscará en el armario de su corazón razones divinas o humanas, cada cual como quiera, pero todos unidos en el sufrimiento que trasformará su llanto en esperanza. O así quisiera yo, que el dolor fuera redimido, o al menos no quedara troquelado en el corazón de nadie ¡qué difícil!

Aquella noche del 18 de enero, en que chocaron los trenes, hubo algo más que muerte y desolación, se activaron las entrañas de miles de personas, la sensibilidad de un pueblo y la conciencia de toda una nación. Las tragedias tienen eso, que allá donde todo es muerte renace más vida, que, cuando la noche lo inunda todo, nace el sol en el recóndito corazón de los humanos ¡qué paradoja! Lejos de mí querer justificar el dolor, pero hay algo en él que redime, que invita a transformar el camino o a buscar más allá de esto tan frágil que nos tiene aprisionados. Una especie de no resignación que nos rebela, un grito que se oye más allá de las estrellas.

Sí, el sufrimiento nos sitúa más allá de lo humanamente comprensible, siempre más allá: ‘Dios mío, Dios mío, ¡por qué me has abandonado!’ como si el eco telúrico de los siglos volviera a recaer sobre la conciencia de los hombres. Sería fácil para los políticos achacar todo al horror metafísico, con tal de no hacer frente a las responsabilidades históricas, pero la realidad es mostrenca y se impone con los hechos, sobre todo con la responsabilidad que tengan que asumir, aunque no quieran; distinto será el sentido de lo que ocurrió, el cómo asumirlo y el porqué de todo y el para qué de cuanto sucede aleatoriamente.

Las víctimas no vuelven, pero sí la exigencia de justicia merecida, sí las responsabilidades personales de quienes hicieron de la vida humana un juego político y partidista. Quedan los testigos de Adamuz, queda el índice acusador de quienes actuaron con verdad y heroísmo, quedan las familias rotas por culpa de la negligencia política, quedan los gritos de quienes estaban atrapados en las vías, queda el silencio atronador de los que murieron inesperadamente ¿Quién acallará el trueno de quienes truncaron su vida?

El grito de padres, hijos, hermanos y abuelos se abre paso entre el pragmatismo ideológico de quienes quieren taparlo todo. Se han unido las voces del volcán de Palma, la DANA y un tren que ha tomado la vía del no retorno ¿Quién aplacará el relámpago de indignación que cruza los cielos de toda España? Ya no valen las monsergas ni los discursos falaces de esta banda de impresentables que han perdido la razón. Exigimos justicia para las víctimas, antes de que le echen la culpa a Franco. La esperanza en lo humano y lo divino nos la ha dejado respetuosamente el funeral de Huelva.

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