Tribuna libre

Evaristo Babé Presidente De Fedejerez

La razón de Schopenhauer

06 de diciembre 2016 - 02:07

E style="text-transform:uppercase">l pasado día 18 de noviembre publicó el Diario de Jerez, en su sección de Cartas al Director, una titulada 'Carta a D. Evaristo Babé. Presidente de Fedejerez' suscrita por la autodenominada 'Asociación Profesional de Bodegas Artesanas de Sanlúcar' (que, por cierto, debería explicar en qué estriba su carácter artesano diferenciador del sistema de crianza seguido por el resto del sector -el 95 % aproximadamente- que no forma parte de dicha Asociación por no dedicarse a la meritoria artesanía de comercializar la manzanilla en cajas de cartón).

Es muy probable que quienes han suscrito dicha carta repleta de declaraciones descalificatorias e insultantes hacia quien, en razón a su cargo, representa la libre opinión de terceros crean que Schopenhauer es -o fue- un futbolista alemán. Pero no. No lo fue.

Hace ya más de ciento cincuenta años, el filósofo Arthur Schopenhauer escribió 'El arte de tener razón expuesto en 38 estratagemas', dedicando la última de ellas al caso en el que se acude al "argumentum ad personam", a la descalificación de la persona en lugar de centrarse en rebatir sus argumentos:

"Cuando se advierte que el adversario es superior y que acabará no dándonos la razón, se suele adoptar un tono ofensivo, insultante, áspero. El asunto se personaliza, pues del objeto de la contienda se pasa al contendiente y se ataca, de una u otra manera, a la persona.

Es el caso del "argumentum ad personam", en el que el objeto se deja completamente de lado y uno concentra el ataque contra la persona del adversario. Esta regla es muy popular, pues cada uno es capaz de aplicarla y, por eso, se emplea con frecuencia. Pero hay que preguntarse qué contrarregla puede emplear la parte contraria, pues, si quiere pagar con la misma moneda, se llegará a una riña, un duelo o un proceso por injurias.

El hecho de demostrar a alguien, con todo comedimiento, que no tiene razón y que, por consiguiente, juzga y piensa de una manera equivocada, lo amarga más que cualquier expresión ruda y ultrajante.

Tener gran sangre fría puede ser de enorme utilidad en estas ocasiones si, cuando el adversario pasa a los ataques personales, uno responde con calma que eso no tiene nada que ver con el tema discutido y retorna rápidamente a éste y continúa demostrándole que objetivamente no tiene razón, sin prestar atención a sus ofensas.

La única contrarregla segura es, por tanto, la que ya Aristóteles indica: no entrar en controversias con el primero que llega, sino solo con aquellos que se conoce y de los que uno sabe que tienen inteligencia suficiente para no proponer cosas absurdas que lleven al ridículo, y tienen suficiente talento para discutir a base de razones y no de baladronadas, para escuchar y admitir razones y que, en fin, aprecien la verdad, presten con gusto el oído a las buenas razones, aun cuando procedan de boca del adversario, y sean lo bastante equitativos para soportar que no se les dé la razón, cuando la verdad está de la otra parte. De esto se sigue que, entre cien personas, apenas hay una con la que valga la pena disputar. A los demás, dejarles que digan lo que quieran porque "desipere est juris gentium" (el ser idiota es uno de los derechos del hombre).

En todo caso, la controversia es, con frecuencia, útil para las dos partes, como un frote de cabezas que sirve para rectificar los propios pensamientos y también lograr nuevos puntos de vista. Pero los dos contendientes deben ser similares en cultura e inteligencia. Si uno carece de la primera, no capta todo, no está au niveau. Si carece de la segunda, el rencor que este hecho produce lo instigará a la deslealtad, a la astucia, a la villanía".

Son palabras de Schopenhauer. Naturalmente, las suscribo.

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