Análisis

Manuel Pareja

En recuerdo de Don Juan del Río

A una semana del fallecimiento de Don Juan del Río, aun se siguen produciendo reacciones a su triste pérdida. Ha sorprendido la unanimidad en el reconocimiento a la figura de Don Juan, el Pastor bueno, el sacerdote íntegro. Si lo meditamos bien, no es ninguna sorpresa. Es la respuesta agradecida de los que gozaron de su compañía en algún momento de su vida. Soy un testigo más de los miles a los que trató con cariño y afecto extremo. Así trataba a todos, fueras ministro, general o ciudadano de a pie. En sus relaciones cuidaba cada detalle, virtud poco presente en esta sociedad de las prisas. Don Juan siempre estaba, cercano y asequible, dispuesto al servicio, a la entrega. Los testimonios de tantas personas, creyentes o no, de los más diversos sectores de la sociedad que han manifestado su pesar por la marcha de Don Juan a causa del maldito Covid, es señal inequívoca que pasó por esta vida haciendo mucho bien. ¿Qué más pedir? El Obispo de Ávila, en un certero artículo para comprender las claves en las que vivió Don Juan su ministerio, afirma que alguna vez conoceremos- o no-, los servicios del Arzobispo a la Iglesia y a España. Desde este rinconcito que es Jerez -que seguía teniendo enamorado y preocupado a Don Juan-, podemos decir lo mismo. Alguna vez sabremos, o quizá no, el bien que hizo Don Juan a nuestra Iglesia Diocesana y a nuestra Ciudad. En sus años como Delegado de Pastoral Social de los Obispos del Sur, pude ver en primera fila el desvelo de Don Juan por los más pobres, como se remangaba en favor de los más vulnerables, aunque su imagen externa pudiera pintarlo más como un hombre de la estructura. Nada más alejado de la realidad. Don Juan se ha marchado demasiado pronto, en un momento en que la Iglesia necesita más hombres como él, pero nos ha dejado un espejo donde mirarnos. Uno bien grande.

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