Escribir sobre un amigo, un maestro y una obra cuando la muerte aprieta desde arriba aún sobre los hombros, paraliza las manos, nubla la vista en lágrimas y enturbia las ideas. Me ocurre en este instante al evocar la figura de Caballero Bonald, el último guerrero de una literatura empeñada en soliviantar el lenguaje, no por el hecho de buscar un estilo propio, sino por la necesidad de devolverle a las palabras su sentido originario frente a la usurpación y retorcimiento que padecen últimamente por parte de sus manipuladores: una actitud que suscitó muchos enfrentamientos con sus adversarios y varias incomprensiones de sus correligionarios, tal vez por el hecho de adentrarse en esas zonas oscuras del idioma para darle la vuelta a la comunicación convencional. Muchas veces le oí decir a Caballero Bonald que nunca existiría un cambio profundo, tanto en el individuo como en la sociedad, sin un planteamiento distinto del arte, la lengua y la poesía. Se reveló contra la linealidad de la escritura porque inevitablemente conducía a la simpleza, y persistió en la concepción del poema como un reflejo, no de la realidad circundante, sino de aquella en proceso de transformación por medio de su propia punzada. Ya es célebre su frase: "Todo lo que no es barroco es periodismo", posiblemente no porque se considerara un continuador de Góngora, sino porque aspiró siempre a decir las cosas más allá del escueto titular.

Viví una época en el ático de su edificio, donde también habitaba Fernando Quiñones, y me cruzaba con Caballero en el portal. Casi no nos conocíamos entonces, y en aquel tiempo apareció Descrédito del héroe, donde su poesía dio un giro sustancial. A raíz de la lectura de ese poemario comencé también a escribir de otra manera y, cada vez que nos volvíamos a encontrar, mi mirada era distinta, hasta que un día en el ascensor le recité unos versos suyos: "Entre dos luces, entre dos / historias, entre / dos filos permanezco, / también entre dos únicas / equivalencias con la vida". A partir de ese momento nuestras vidas se juntaron y comencé a tratarlo como maestro. Esa 'Doble vida' me atrajo tanto que comprendí en un momento la multiplicidad, el doble filamento y los diferentes niveles del ser y del mundo. Para tener un maestro es preciso que este te acepte como discípulo, y yo creo que a su modo me acogió. En alguna ocasión he escrito que mi voz depende de la suya, aunque es casi una osadía querer aproximarse a su timbre irrepetible sin caer en la burda imitación.

De todas las cosas que aprendí de Caballero Bonald, la más importante fue su actitud ética, inseparable en los dos planos de vida y literatura. "Yo no puedo escribir si no me siento en la inminente necesidad de defenderme de algo con lo que estoy en radical desacuerdo. Mientras más se ahonde en los insospechados registros de la realidad, más se ahondará en la eficacia artística y social de la literatura", redactó el poeta hace muchos años, y este pensamiento lo ha mantenido hasta el final de sus días. Añoraré su crítica, la ironía de sus comentarios, la perspicacia de su mirada, los paseos por Cádiz que tanto le gustaban, los ejercicios cotidianos de antropología verbal, de sonde surgían algunos términos que por el hecho de mentarlos ya le pertenecían, los consejos, el cariño y su silencio. La esencia del poema, dijo alguna vez, brilla más en lo que calla más que en cuanto dice. Ese sabio rumor, rondará mi conciencia para siempre, aunque sus enseñanzas y rebeldía permanecerán en la conciencia de quienes los hemos querido y leído.

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