La sociedad ha perdido fuerza y ánimo. Vive sin arresto, triste y desasida. Pareciera que un cazador la hubiera derribado y echado por tierra. Noto su desaliento y falta de vigor. Una ola de nihilismo cubre su figura, como si alguien le hubiera quebrantado el corazón y dejado con dolor de alma. No fluye en ella la vida espiritual; camina con ojos vidriosos, entre el rictus del llanto y la sonrisa, tan difíciles de comprender. La brillantez, de la que hacía gala, ha disminuido hasta perderse, y ya sólo veo en ella anemia y marchitamiento.

Anda con tendencias de agitación, que más tienen que ver con el desasosiego febril que con una actividad orientada y sana. Le falla algo. Vive quebrantada y profanada. Le falta esa pizca de vida que hace posible que la existencia sea jugosa y consistente, esa cosita que da espíritu y que, sin que nadie sepa decir qué sea, sabe sin embargo lo que es. Eso mismo es lo que echo en falta, ese no sé qué que tonifica y estimula, que renueva y hace que todo sea posible y adquiera sentido ¿Ehto-qué-é-lo-que-é? Ahí voy. La indolencia, el conformismo y la actitud de brazos caídos parece que ha hecho efecto demoledor en la ciudadanía.

Si hace unos años, por ejemplo, nos hubieran dicho que a los políticos les consentiríamos hacer tantas tropelías, no nos lo hubiéramos creído. Parece que todo nos diera igual. Consecuencia de lo cual, hacen con nosotros enjuagues sociales inimaginables. Nos hemos vuelto gregarios de necesidad, ovinos, sumisos y mentecatos. El campo de los ideales se ha sembrado de decepción y desesperanza ¿Es esta la cosecha de las utopías? Los valores se han licuado ante la arrolladora globalización poniéndose al servicio de la arbitrariedad dominante, del exiguo cheque de la subvención, renunciando al sacrificio que comporta el hecho de poder prosperar y ambicionar algo.

Una sociedad, compradora de voluntades, que prefiere a jóvenes instalados en la miseria primaria antes que apostar por jóvenes audaces y trabajadores, está herida de muerte. Tal es el caso. La columna vertebral se ha desgastado en alguno de sus tramos, no sé si la L4 o la C2; pero el vacío en la sociedad de consumo ha hecho acto de presencia. El PIB no contaba con el estado anímico de los ciudadanos, ni había considerado el abatimiento como uno de los factores para tener en cuenta.

Y aquí estamos, con la salud económica por los suelos y la cesta de la compra a punto de quebrar. El negocio de la economía también debe tener en cuenta el factor psicológico. Un negocio que es otro negocio por considerar. La sociedad abatida necesita diván, terapia urgente y esparadrapo consistente que la sostenga. Nos han crecido las arrugas en el alma. Después de haber acumulado cosas y vivir el marketing por una sociedad idílica, héteme aquí que las carencias verdaderas no se cubren con la compra de artefactos a golpe de cheque.

La sociedad abatida tiene una carencia que no se puede reemplazar con nada que se encuentra en el círculo imparable del consumo. No hay Amazon que valga. Cuanto más poseemos; más carecemos; más tristes estamos y menos ganas de lucha tenemos ¿Para qué? Hemos pagado un precio muy alto de vida por llegar al sin sentido ¿Merece la pena seguir haciéndolo?

Y esta idea pareciera que se la hemos trasmitido a la juventud. Se han dado cuenta de nuestra derrota y no están dispuestos a repetir el camino. No es una huelga de brazos caídos, que tendría sentido por lo que supone de lucha; es una dejadez absoluta por falta de absoluto, es una expiración del hálito, es dejarse poseer por la corriente irracional del río manriqueño que lleva al morir; es llegar al encefalograma plano de la ignorancia y la estupidez.

Hemos utilizado la tramoya como una maquinaria de inconsistencia pasajera; y se nos ha caído el decorado. Lo que creíamos como verdadero hogar, no tenía principios, ni fundamento; y nos ha quedado el deseo insatisfecho, la cabeza rota y el ‘corazón partío’. ¿Quién le pone alma a esta sociedad afligida, decaída y sin bravura? ¿Quién le insufla la alegría de vivir al aire libre, quién le recupera el destrozo que se ha infringido a sí misma? ¿Quién la convence de que lo poco que tiene aún vale mucho? ¿Qué se necesita para reconstruirle el alma?

La sociedad ha progresado mucho: tiene el cajón ahíto de cosas; y el alma obstruida. Ahora le falta vida. Nos hemos hecho ricos en todo lo que más empobrece, las cosas. ¿Es esta la vida? Es una constatación palmaria: la sociedad anda abatida, desganada, sin esperanza aparente y con desidia, abierta de par en par a los patógenos que ‘andan buscando a quién devorar’ ¿Cómo resistir un ataque de quienes saben de nuestra debilidad? Ahora que hemos perdido los juguetes infantiles y ya no satisfacen nuestra ilusión ¿Qué nos queda? ¿Nos sentamos a mirarlos?

Después de haber fracasado en la satisfacción de nuestros deseos, queda agarrarnos al sentido de la gratuidad que nos rodea, a las cosas maravillosas y normales que tenemos, y recuperar la vieja conciencia de sentido, la vida en cada fragmento de intensidad que tiene, en cada abrazo de sencillez, en la simplicidad de las cosas y en la satisfacción de no dejarte poseer por nada; en todo caso, por Alguien.

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