la nicolumna

Nicolás Montoya

Acople de tonterías

HACE años los políticos se encargaban de dar respuesta gestora a los ideales y a las formas de vida de las personas. Ahora se dedican a marear la perdiz, a hacer recortes para justificar sus puestos echándole en cara a los antecesores la culpa de los problemas y a perder más tiempo en cómo aparentar que en cómo solucionar. Claro, que siempre recortan a los que nunca tendrán cuentas corrientes elevadas para incluirse entre sus amigos. Nunca recortaran a los fieles pupilos de una forma de entender la vida basada en crear desigualdades para hacerse superiores ni a quienes sean proclives a la causa del adocenamiento y la doctrina de la religión en cuestión que profesen, ni por supuesto a los banqueros de nóminas supermillonarias que algún día puedan ser compañeros de fatigas.

Además, en estos días, hay tesis deportivas claramente justificadas por las que la liga la va a ganar el Real Madrid debido a la actitud complaciente de los árbitros hacia los merengues. Igual que justificaciones muy elaboradas, rayanas en la zoofilia, en temas de faldas, que explican que cuando se viola a una mujer es debido a la minifalda y al tanga de la calificada como muy zorra o el aplauso del golpe y el bofetón como argumento para ser violento con los demás en base a la mala conducta de la víctima.

Ahora quienes echan la culpa a los demás, lo hacen por ser protagonistas de la vaciedad de sus vidas, y por el alto grado de subnormalidad que atesoran. Hacer dejación de funciones, eludir los hechos y buscar culpabilidad para salpicar es la epidemia del siglo. Sin ir más lejos, la reforma laboral parece necesaria debido a la falta de criterio de la gente que se empeña en tener ocupado el tiempo con un trabajo, el verdadero problema del desempleo es, en realidad, la tozudez del ser humano al negarse a irse a trabajar a Laponia, y el mismo problema de pedir nóminas atrasadas, tiene base científica en el ansia irrefrenable de querer comer todos los días o querer vivir con bombillas en los techos. O somos imbéciles o se lo creen. Por eso, tonterías, las justas.

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