DIARIO DE JEREZ En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Muchos estamos muy preocupados por el cariz que está tomando nuestro futuro en lo económico… y en lo político. Sin embargo, hoy no vengo a hablar de nuestra preocupación, sino de la que debería sentir el Gobierno. Tanta preocupación, compartida por tanta gente, desde la más intuitiva a la más informada, debería preocupar al Gobierno por sí misma, incluso aunque no estuviese fundada.

¿Es el estado de alarma la medida más eficaz para protegernos de la enfermedad o la más útil para proteger al Gobierno de la crítica? ¿La bandera de España por la calle es causa suficiente para que la policía exija que te identifiques? ¿Se puede o no se puede ejercer el derecho a manifestarse guardando las distancias o yendo en coche? ¿Por qué se han cerrado tantas transparencias sobre la gestión de estos meses? ¿No da la impresión de que, desde los alrededores del poder, se difama a cualquier empresa que colabora con la sociedad: a Amancio Ortega, a Telepizza, a Mercadona y ahora a Sarasola, como ha enumerado Ana Visconti?

Como decían nuestras abuelas, no sólo hay que ser bueno, sino parecerlo. El Gobierno no puede conformarse con ser el guardián escrupuloso de los derechos de los ciudadanos, que no sé si lo es. Y la existencia de esta duda es ya gravísima, porque tiene la obligación también de parecerlo.

Así, nada puede perjudicar más a Sánchez que una certeza que se expande tanto entre sus críticos como entre sus partidarios: que la bandera española es el símbolo por antonomasia del rechazo al Gobierno. La gravedad de este hecho es inmensa. Primero, por lo que implica de escisión profunda entre la nación y el Estado en un momento en que todos los apoyos mutuos son pocos.

Y después porque el valor de lo nacional está en alza (véanse la renacida importancia de las fronteras, de la soberanía en las negociaciones europeas, del mando único, etc.). No resulta, por lo tanto, muy inteligente mostrar la más mínima desafección oficial a los símbolos patrios. Si hubiese alguien en La Moncloa que analizase la situación con perspectiva, frenaría inmediatamente hasta la más leve sombra de sospecha de que la policía tiene órdenes de incomodar a las personas que salen con la bandera nacional o que ponen el himno. Nuestra banderita (tú eres roja, tú eres güelfa) es de todos, y quien tiene la máxima responsabilidad en España ha de preocuparse de que así sea. Más que nada por la cuenta que le trae.

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