Desde la ciudad olvidada

José Manuel / Moreno / Arana

Calle Porvera nº 52

Ese portón impenetrable, afanosamente cerrado por unos modestos listones clavados sobre su centenaria madera, algún día ya muy lejano se abrió de par en par para acoger a selectos visitantes. Encima, no es difícil imaginar a sus elegantes habitantes asomados al sinuoso balcón donde sólo se exhiben, impasibles, los yerbajos. En todo lo alto de la gran portada de piedra sólo unos restos nos hablan de la existencia de un tejaroz de pizarra que dejó de cumplir la función de resguardar y dar sombra. No hay nada que ofrezca mayor sensación de decadencia que la antigua opulencia que el tiempo y los hombres han convertido en el abandono más absoluto. Más allá de los retablos, el siglo XVIII jerezano sigue dando más de sí y nos ofrece ahora una de sus caras más lamentables: esas casas que se levantaron como orgullosos testimonios del auge económico de una ciudad y que en la actualidad, en su ruina, parecen erigirse como símbolos de una realidad muy diferente. El caso del Palacio Villapanés tal vez sea el más sangrante pero, por desgracia, no es el único. Sólo tenemos que recorrer la calle Porvera y tropezarnos con su número 52.

Consta que Rumasa fue una de sus últimas propietarias. Sabemos también gracias a Fernando Aroca Vicenti que fue reformada en 1889 y que es entonces cuando, por casualidad, se descubre que fue construida en 1773 y quiénes fueron sus promotores, J. Alonso y Petronila Sánchez, y su arquitecto, Juan Martínez; nombres desconocidos que demuestran lo mucho que queda aún por saber de nuestra rica arquitectura civil del setecientos. Nombres que estuvieron sigilosamente inscritos y ocultos hasta la restauración del XIX precisamente en un tablero de esa puerta hoy cerrada, impenetrable no sólo a revelarnos sus secretos, sino a dar entrada a la vida que se fue de ella y sigue sin volver.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios