LLUEVA afuera. Trato de escribir pero se corta la luz, dos, tres y cuatro veces lo que produce una queja unánime de los motores de los electrodomésticos. Otro día no llega la señal de internet pero en el servicio de averías no encuentra nada anómalo. Si no fuera tan costoso (muchos días colgado al teléfono y sin conexión) y suicida cambiaría de compañía. No entiendo la factura de la luz. No comprendo las comisiones de los bancos. No consigo leer la letra pequeña de los anuncios. Y mucho menos las líneas veloces de los spots de televisión que matizan o desmienten los seductores enunciados principales. Estoy -estamos- a merced de decenas de esos engaños menudos que avasallan impunemente nuestra renta mensual. Sé que la subida de un céntimo en un recibo que pagan millones de usuarios supone enormes beneficios para las compañías prestadoras de servicios cuyo nombre, luego, vemos en las cotizaciones de bolsa. El Gobierno dictó en su momento una ley para intentar regular todos esos abusos cotidianos que residen en nuestra piel como insectos parásitos pero, a la vista está, fue inútil. Siguen royendo con sus dentaduras diminutas. Lo peor es que nos hemos acostumbrado a su mordiscos y durante la mayor parte del tiempo no le prestamos atención. Sólo de vez en cuando somos conscientes de que estamos sometidos a sus dictados y comprendemos nuestro completo desamparo.

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