La columna

Bernardo Palomo

Disfrutando de las vacaciones

MI primo Arturo tiene un apartamento en Valdelagrana. Su familia, cuando los niños terminan las clases, se va huyendo de las calenturas de junio. A él, que le gusta la playa menos que nada, siempre tiene un achaque para no ir. Pero llega agosto y no tiene más remedio que sumarse al nido familiar. Ayer, dos de agosto, segundo día de sus vacaciones, me llama y me dice de sopetón: Primo, ya estoy en Jerez. ¿No empezabas ayer la vacaciones?. Sí, por eso, ya me he venido de la playa. Mira primo, el apartamento tiene dos habitaciones. En una está la cama de matrimonio, que ocupamos, como es natural, mi mujer y yo —al menos cuando yo estoy—, en la otra duerme mi niño, su sempiterno amigo y mi hija. Su novio no viene a verla, está siempre con ella, con lo cual debe dormir —o lo que sea— con la niña, su hermano y el compañero de éste. Tenemos unos amigos —o lo que sean— que vienen indefectiblemente los fines de semana.

Aparte, muchos días, nos alegran con su presencia unos primos del pueblo que, según ellos, estamos encantados con que vengan a vernos. Su estancia se hace notable en el piso y en los bares, nunca en el cajero que no deben saber lo que es porque jamás van a sacar dinero, pues eso de pagar no va con ellos. El domingo se presentó mi cuñada que está recién separada, ¡la pobre!, con su hija adolescente —el noviete no tardará en unirse para ir familiarizándose con el ambiente—. Mi cuñada, como está pasándolo mal, no para de intentar superar los malos momentos con la Cruzcampo del frigorífico que luego nunca se acuerda de reponer, con lo cual siempre están las latas calientes. En el Mercadona nos consideran familia preferente y en la farmacia ya no hay trankimazín. Primo, ¿cómo puede dar tanto de sí, un apartamento de dos habitaciones?

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