Recuerdo de infancia. Llegamos los amiguillos a la pista de futbito y nos la encontramos ocupada por un grupo de desconocidos esmirriados. Les decimos que nos dejen la pista. No. Que jueguen contra nosotros. No. Rige el principio Prior in tempore, potior in iure. Negociamos. Jugaremos un partido. Quien pierda invitará a unas fantas al vencedor. Empezamos. Los pequeños tocan como Brasil. Corren como balas. Disparan con potencia. Nos golean. Nosotros, derrotados, nos confabulamos. A la de tres, nos montaremos en nuestras bicis y nos volatilizaremos. Una, dos y tres. Pero salen escopetados detrás nuestra. Nos dispersamos. A mí me cazan dos. Y cuando les reconozco que tienen razón y que les debo la fanta, uno de ellos me mira -tan bajito- perfectamente por encima del hombro: "No te he perseguido por la fanta, sino para decirte a la cara que jamás me tomaría nada pagado por quien no tiene palabra". Y se va.

Llego a casa y no cuento ni mu por instinto de supervivencia. Pasan los años y no lo olvido, porque me he prometido que nadie volverá a decirme eso en la vida. En el interín, me he hecho amigo del niño (que ha estirado) y le he invitado a más que a unas fantas y él a mí durante 45 años sin solución de continuidad, pero su lección es impagable.

Sé mis excusas: mi edad, la confabulación, el fragor del partido, que la escapatoria podía entenderse casi como parte del juego…, pero ninguna me convence, y la anécdota aún me escuece, y la escribo ahora ruborizado. Por eso, no entiendo a estos políticos tan pagados de sí mismos, tan notorios. Pienso en los indultos, pero también en el acercamiento de presos, los másteres falsos, en las mentiras flagrantes y las manos en la masa. Son capaces de decir una cosa y hacer otra sin mover un músculo, de pisotear la Constitución que han jurado cumplir y hacer cumplir, de traicionar el programa político con el que pidieron el voto a voz en grito, de olvidar la sangre de las víctimas, el sudor de las fuerzas de seguridad y la humillación de los humildes… Por unos meses de poder bajo chantaje.

Al presidente y sus ministros no les importará nada que, con independencia de las consecuencias jurídicas y políticas, unos pocos de nosotros, como mi amigo y yo, no les les invitaríamos ni a una fanta. El concepto del honor está, por lo visto, totalmente desfasado; pero lo indudable es que, ni como nación ni como personas, hemos salido ganando.

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