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Manuel A. González Fustegueras

Inundados

Como cada cierto tiempo los ríos se presentan ante nosotros y reclaman su propiedad: la llanura de inundación

10 de marzo 2013 - 01:00

LA evolución que han experimentando los usos del suelo en nuestra tierra, principalmente a causa de los avances de una antropización realizada de forma masiva sobre los terrenos de origen fluvial es la causa de esta reivindicación de propiedad.

De una parte asistimos a un claro sometimiento de la red fluvial al parcelario agrícola, materializado en la máxima ocupación productiva de los bordes de los ríos, canalizaciones, desvíos de cursos, encauzamientos, azudes, cortas de meandros, etc., Y de otra parte, a la invasión del proceso urbanizador sobre los cauces, riberas y llanuras de inundación. Todas, acciones que conllevan la transformación absoluta de los sistemas fluviales.

Este proceso histórico ha afectado muy negativamente a nuestros ríos y cauces naturales. Según el Observatorio de la Sostenibilidad en España, desde el año 1987, los ríos y cauces naturales han sufrido una reducción de su superficie en un 12%, es decir, casi 8.000 hectáreas. Y en este caso, y debido a la morfología lineal de ríos y cauces naturales, dicha pérdida implica la degradación de una mayor superficie de terrenos por unidad de superficie ocupada por el agua.

La escasa sensibilidad demostrada históricamente por el conjunto de la sociedad y de las administraciones públicas implicadas, así como por el notable aumento de la capacidad del hombre para modificar o limitar con sus obras el espacio que antes era fluvial, ha motivado que las principales actuaciones sobre los espacios fluviales hayan venido justificadas por el miedo a las crecidas e inundaciones, que junto al desarrollo acelerado de las actividades económicas han convertido, en demasiadas ocasiones, los corredores fluviales en canales monofuncionales, comprimidos entre rellenos, edificaciones e infraestructuras, dando respuesta, tan sólo y en el mejor de los casos, a la necesidad de evacuación rápida de las aguas.

Pero, al final, los ríos siempre presentan su reclamación, y cada cierto tiempo le tenemos que pagar tributo por la ocupación de sus dominios. Tributo materializado una veces en indemnizaciones para paliar los efectos de las inundaciones, y otras veces mediante la construcción de costosas y numerosas obras hidráulicas directamente en el interior de los cauces fluviales, obras que casi siempre llevan aparejadas la degradación, hasta extremos críticos, de los cauces y riberas, con la consiguiente pérdida de los valores de los territorios, del carácter natural y diverso del paisaje, de la calidad del agua y de la vitalidad de los ecosistemas naturales asociados.

La pregunta sería: ¿No es posible pensar en devolverle la titularidad a su legítimo dueño? ¿Cuál es el costo económico? ¿Cuáles los beneficios?

Estas preguntas sólo tendrán respuesta cuando se supere la escasa valoración social de los ríos, y el gran distanciamiento existente entre la sociedad, que sigue viviendo de espaldas a ellos, y la gestión de los mismos, y que en ocasiones como estas son considerados como los 'grandes enemigos'. Necesitamos recuperar la cultura fluvial y la consideración de nuestros ríos como seña de identidad.

Mientras damos respuestas a estas preguntas, seamos conscientes de que los problemas de las inundaciones deben ser prevenidos antes de que se requieran intervenciones futuras. Evitar la ocupación de zonas inundables y orientar el crecimiento hacia zonas seguras es el mejor método para evitar dichas intervenciones.

En mi opinión, es básico retener la idea fundamental de que, en sociedades hidráulicamente desarrolladas como la nuestra, el problema de las inundaciones hay que trasladarlo del campo de las infraestructuras al de la ordenación del territorio.

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