Jerez íntimo

Marco Antonio Velo

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Jerez: el virus, Adelaida, Dionisio y un monaguillo

Alfa: El virus se ha claveteado con tachuelas en el tablón de nuestras vidas. Epifanías de tal índole no son casuales. Ya hemos repetido hasta la saciedad que el hombre se ha pasado de frenada en su extralimitación al respecto de la ciencia. Usando la esgrima de una apropiación indebida. En la somanta de creernos semidioses todopoderosos el abuso traspasó la raya de lo prohibido. La pandemia ha demostrado con creces -¡y lo que te rondaré morena!- que de Héroes Marvel no poseemos ni el blanco de los ojos. A muchos el confinamiento no les ha servido ni para engrasar los reflejos de la psique. Es decir: que permanecen ahogados en la línea de flotación de la conciencia. ¿Mascarillas para qué os quiero? Para no usarla a capricho según la anarquía de no pocos desaprensivos. Y para subir de sopetón el índice, el volcán, el tifón, el tsunami del número de positivos. ¡Esta insolencia -oh- tan ibérica! Los pistilos de la irresponsabilidad -frente a las estrictas normas sanitarias- no producen el néctar de la corrección social, sino todo lo contrario: el contagio que apunta indiscriminadamente a dar: o sea: tiro al plato de cualquier andante bípedo y pólvora en salvas. Amén nuestros políticos, los Hunos -con hache histórica- y los otros, que no dan pie con bola en su constante escapismo. En 'Esos días azules' leo que "los ceporros suelen llegar más lejos que los empollones". ¿Cosas veredes, querido Sancho? ¿Aquiles y la tortuga? La respuesta, como diría el sheriff de Cádiz, la veremos en la segunda parte del cuplé.

Beta: Adelaida Bordés Benítez, amiga y compañera de la Real Academia de San Romualdo de Ciencias, Letras y Artes -corporación de Derecho Público fundada en San Fernando en 1954-, publica cada dos por tres unas imágenes de premio fotográfico en su estado de WhatsApp que conceden el bálsamo de la paz interior. Como tema monográfico cielos hermosísimos a diferentes horas del día. Siempre las nubes trazando arabescos de imposible voluta. El cromatismo basculando entre el rojo pasión y el azul mar. Cada propuesta gráfica nos empequeñece y recoloca en la planicie que evalúa nuestra estatura: léase: a ras de tierra. Como un audiovisual acta notarial del génesis. Somos materia prima y no astilla de deidad. Las fotografías de Adelaida destruyen todo tabique de mampostería alzado en la mientes de quien se arrogue la virtud del superhombre. ¡Qué feliz estaría, contemplando cada entrega, Joaquín Romero Murube, el poeta de ‘Sevilla en los labios’ y ‘Dios en la ciudad’! Si Romero Murube hubiese disfrutado a diario del estado de WhatsApp de Adelaida posiblemente no habría escrito su magna obra ‘Los cielos que perdimos’. Dicho sea en sentido figurado.

Gamma: Dionisio Díaz, presidente de la Unión de Hermandades, publica una fotografía para mí trascendente que a su vez me retrotrae a un indomeñable proverbio vienés: "Deja vivir a la vida". Y la vida, en este caso, es la imagen de un nazareno adulto que paternalmente avanza mientas dialoga en complicidad, mano sobre hombro, con un monaguillo -que lo es de su cofradía pero también de los ángeles querubines sin alas capaces de aguantar con disciplina el plus de las muchas horas de una estación de penitencia-. Pacto de sangre con olor a incienso. Alquimia de generación en generación. La fotografía de Dionisio se autodefine en cuatro letras: amor. Ya lo dijo Antonio Burgos: la Semana Santa son los padres que nos enseñaron a amarla.

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