Desde el fénix

José Ramón Del Río

Jueves Santo

POR mucho que las cosas hayan cambiado, por muchos años que hayan pasado, el Jueves Santo para mí siempre será un día grande. Lo primero que deseo es que reluzca el sol, como el viejo dicho asegura que ocurrirá en ese Jueves y en los del Corpus Christi y el de la Ascensión. Si en alguno el sol lo sustituye la lluvia, Dios mío, que sea en el jueves de la Ascensión. No sé por qué, en el verso de José María Pemán, que siempre fue un hombre alegre e ilusionado, la tarde del Jueves Santo era "triste y amarilla". A lo mejor el ánimo se le ensombrecía porque en esa noche salía, como hermano mayor, en el Nazareno de Cádiz, Regidor Perpetuo de la Ciudad (título que, con los debidos respetos, lleva camino de ser el que convendrá a Teófila, la actual alcaldesa) y la procesión duraba mucho, con parada incluida en su casa, en la que se servía un refresco a los cargadores y algo más sustancioso a los de la junta de gobierno de la cofradía. Los Jueves Santos eran los de las visitas a los sagrarios; siete estaciones, al menos ("¡Viva Jesús Sacramentado!", "¡Viva de todos amado!"). También las mantillas que lucían por primera vez las quince o dieciseisañeras, algo de pintura en los labios y el difícil aprendizaje de andar con tacones. Había quien, como fuera, salía esa tarde en una cofradía, porque siempre se tenía una prima, poco agraciada, que se ponía "de largo" con mantilla y pretendía la familia que, con el traje azul de tu hermano mayor, la llevaras del brazo a visitar sagrarios, intentando, inútilmente, evitar a tus amigos en pandilla, por mucho tiempo que te escondieras en Viena, alargando la merienda de chocolate y picatostes -con la complicidad de tu acompañante que ya no podía soportar los tacones- para cuyo pago te habían proveído con suficiencia, porque entonces no se pagaba a medias.

También los mocitos nos poníamos de largo en Jueves Santo, porque era la primera noche en que podíamos salir, después de cenar y volver a casa, como muy tarde, cuando saliera la última de la madrugada. El ambiente húmedo y frío de aquellas madrugadas y la voz desgarrada del saetero, que te sorprendía, al iniciar su saeta, te causaba un temblor que hoy sigues buscando inútilmente.

Hoy, día del amor fraterno, de la institución de la Eucaristía, queremos ser un poco mejores. Y debemos intentarlo, aunque el Jueves Santo no nos signifique más que el pórtico de unas vacaciones de primavera, que disfrutaremos en la playa o en la montaña. Otros, por convicción y por tradición, iremos a los oficios, visitaremos algún Sagrario y, por supuesto, veremos cofradías. Incluso estaríamos dispuestos, con mucho gusto, a ser el acompañante, llevándola del brazo, de una señorita con mantilla.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios