el cuentahílos

Carmen / Oteo /

Leyendas

VISTE trajes costeados hechos a medida en la vieja Inglaterra, calza zapatos americanos, es cliente asiduo de los mejores restaurantes, tiene una bodega con vinos escogidos de todo el mundo, viaja con regularidad al extranjero y lee, como los grandes hombres de Estado, libros de política y economía. Lo más llamativo de cuanto posee es su propia lengua, suelta, larga e incontrolable.

En tiempos de despilfarro no era extraño verle rodeado de una corte de aduladores que lograron anestesiar su agudeza mental pero sin hacer mella en su lucrativa visión para los negocios. Ocupaba las mejores mesas junto a empresarios inmobiliarios importantes y, a veces, se le veía salir, sin ninguna discreción, de un reservado con cara de haber tomado más una copa y decisiones importantes. Le gusta presumir de hombre ilustrado y tosco a la vez. Como todo ego importante tiene mal perder, aunque posiblemente lo ignore. Una de las pocas cosas que escapan a su mirada de lince.

Nuestro eminente personaje se ha labrado una leyenda que poco tiene que ver con la realidad y que ni el mismo puede desmentir. Le están escribiendo una biografía marcada por las insidias, las comisiones, los negocios en la sombra, una incalculable fortuna en el extranjero y alguna que otra herida que no ha terminado de cicatrizar pero que le ha puesto el pelo cano y la mirada sombría. De esa leyenda distorsionada me llegó el otro día un capitulo muy imaginativo. Resulta que nuestro personaje lleva siempre un maletín, un portafolios, algo donde guardar.

Pues bien, dicen que lo lleva lleno de piedras preciosas, que es la única moneda de cambio que admite en la actualidad. Qué sería del mundo sin estos biógrafos que atraviesan la opacidad de una cartera, la línea de la realidad y el propio sentido común. Cuando me lo contaron me reí por dentro y pensé: lleva una muleta, un engaño en el que apoyarse cuando los demás lo miran.

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